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domingo, 24 de noviembre de 2013

SERGUÉI PROKÓFIEV: Romeo y Julieta, por GOYO MONTERO


 
 
Historia de mi historia de amor con Romeo y Julieta
 
La primera vez que vi de verdad la obra de Romeo y Julieta en teatro, la historia de amor me pareció bastante absurda, y pensé que podría haber ofrecido una solución más fácil y pragmática a los amantes que su rocambolesco final. Eran tiempos adolescentes, cuando aún creía que los actos del ser humano cabalgan en el sentido y la coherencia. Visto ahora, tratar el amor como un problema que hay que resolver con éxito sí que es cosa de risa.
Luego viene el acceso a la ironía. Romeo y Julieta es acaso una comedia disfrazada de gravedad. La infantil pelea de Montescos y Capuletos, la indeferencia de la ley, la escasa atención prestada a los niños y sus sentimientos, a la mujer y sus sentimientos, al hombre y sus sentimientos, la torpeza del amor... es cosa de risa, si no fuera tan real. Tragedia en plano corto, comedia en el plano general, decía Chaplin, así es la vida... obra maestra en el plano detalle. ¡Dos jóvenes amantes unidos por la complicidad de un cura que no atina con unas simples cartas! Un problema de comunicación. Es para troncharse.
Pero no es el momento de abordar estos temas aún. El caso es que mucho antes de tener delante la obra de Shakespeare (no su texto, pero entonces no sabía cuánta diferencia podía haber), ya estaba encandilado por la música de Prokófiev. Este ballet es una de mis obras preferidas de todo el repertorio musical, y en mi caso, es muy probable que esté entre las cinco más reiteradamente escuchadas (y su hermosa melodía final entre las más tarareadas). Además, es una obra que he ido descubriendo muy poco a poco, a medida que llegaban a mí repertorios de suites más amplias, hasta llegar al bendito Spotify, que tanto bien le hace a estos lares apartados del mundo.
Esta obra de Prokófiev está repleta de números que desbordan fuerza y originalidad. Cada uno atrapa de forma bien diferente. Dirán que capta a la perfección los detalles del drama; pero en mi caso, tengo que asumir que es Prokófiev el que me ha escrito esta historia. Siempre me preguntaba cómo una obra tan irrisoria podía generar una música tan poderosa como ésta, o incluso otras versiones de otros autores. De hecho, esta suite es uno de los argumentos para defender a Prokofiev como el primer ejemplo de ironía en música (no por las referencias verbales, sino por la composición de sus estructuras musicales).
Y finalmente, casualidades de la vida, me topo con la interpretación de Goyo Montero por parte de la Compañía Nacional de Danza. Y me enamoro. En efecto, vi en esos movimientos toda la fuerza y originalidad, toda la modernidad que atraviesa la música de Prokófiev y el texto de Shakespeare. Y me recreo una y otra vez en los matices de cada escena. Me reconcilio con cada detalle absurdo y fascinante del amor de Julieta y Romeo. Hasta que los derechos de propiedad se llevan el enlace de la página de televisión a la carta. ¡Destino cruel que me quita mi objeto de amor! Y detrás del movimiento de su ausencia me voy yo. Un problema de comunicación... ¡hay que joderse!
 

 

domingo, 20 de enero de 2013

Igor Stravinsky: LA CONSAGRACIÓN DE LA PRIMAVERA


Igor Stravinsky

París, 29 de Mayo de 1913 (pronto se cumplirán cien años): estreno de la primera gran revolución europea del siglo XX. La Belle Époque parisina estaba ya acostumbrada a los atrevimientos de modernistas, impresionistas y cubistas, y aún así, esta obra de Stravinsky fue una auténtica conmoción. Para unos una burla, una tomadura de pelo, un insulto a su bienamada cultura; para otros un valiente paso hacia una nueva era. El resultado, el estreno mismo, el legendario infierno en el que se convirtió el Teatro de los Campos Elíseos aquella noche, la verdadera obra de arte que daría cuenta de en qué posición se estaba situando el ser humano occidental.
Porque una mirada a ese teatro, esa noche, podría avisar lo que vino después: la preciosa Europa arrastrada al convulso mar de la Gran Guerra, de la Revolución Soviética, de la Gran Depresión, del Nazismo, del Fascismo, el Holocausto y la Mecánica Cuántica. Todo el edificio cultural de Occidente culminado por el pesimismo existencialista o el escepticismo posmodernista.
Pudiera parecer que la idea original es un poco perversa: un anillo de sabios contempla cómo una joven virgen se sacrifica danzando hasta la muerte para que renazca una nueva primavera. Pero es una idea poderosamente esencial: quien mire al siglo XX difícilmente puede ver otra cosa, quien mire a Europa tal vez en cualquier época difícilmente puede ver otra cosa, miro hoy día las generaciones y mi propia rutina y la veo bailar a un ritmo convulso hasta no se sabe muy bien qué final o qué nuevo comienzo.
Porque esta música, que parece una descomposición sostenida (como se diría de la naturaleza misma), es poderosamente creativa, sugerente, fértil. Realmente no ha terminado de destruir ningún elemento de la tradición musical anterior. Tampoco diría que los haya fusionado, como tanto se recurre hoy día. Es como si hubiera recogido y aislado los significantes de la música europea de todos los tiempos para edificar un nuevo lenguaje. Y al acabar, no creo que haya sentado base ninguna, sino sólo el recuerdo de algo puro, original, en su estricto sentido. Precisamente, la desvinculación de los significados y la permisión de nuevas estructuras significantes.
¿Es así como late nuestro corazón? ¿Es así como crepita nuestro cerebro? ¿Con esa contención segregan nuestras glándulas o vibran nuestros músculos? ¿Nuestras ideas se mueven así? Nuestros sueños danzan. Y luego al recordar quisiéramos poder contarlo. Creamos culturas. Pero al darle un sentido nos volvemos alejar de esos primeros tiempos. Alcanzar, de nuevo, esos primeros tiempos es lo que las Vanguardias nos volvieron a hacer posible.
Y después de haber escuchado esta música uno se pregunta ¿en qué extraños tiempos aún nos empeñamos en sumergir nuestro momento? Este ser humano, extraño rumiante de ideas y ganado, de espacios y piedras, pasto a su vez de su propia creación.


viernes, 19 de agosto de 2011

PROFESIONALIDAD: Gene Kelly, Cyd Charisse; SINGING IN THE RAIN




Córdoba, viernes 19 de Agosto; 39 ºC a la sombra. Es normal que me recree contemplando la famosa secuencia de Singin' in the Rain. Y por otras cosas.
Y no es sólo buscando el frescor, sino por la idea misma: bailar y cantar entre las adversidades para mostrar al mundo una sonrisa. La estética de la época, el auge de los musicales y las superproducciones, buscaba eso: dejar atrás los horrores de la Segunda Guerra Mundial y dar una imagen de felicidad omnipresente e inquebrantable.
Esto se hace patente en la realización misma de esta película. Es sabido (consúltese al efecto la magnífica entrada de Uli en Una canción perdida) las penurias y sufrimientos que pasaron todos los actores durante el rodaje: lesiones, depresiones, enfermedades... y ¿quién podría sospechar que están sufriendo lo indecible mientras bailan con esa brillante alegría? Es para llegar a una severa conclusión, el descubrimiento del camino para la felicidad: la profesionalidad.
Con esta película, se vuelven banales las ideas de trabajar para enriquecerse, para construir un nombre, para sostener un tren de vida, para defender una sociedad... ¿Cuál debería ser el objetivo de nuestro trabajo?: arrancar en el otro una sonrisa. Y eso puede hacerse desde cualquier trabajo (vale, a lo mejor el recaudador de impuestos lo tiene más difícil).
Hay muchas escenas y bailes memorables en esta película, el musical por antonomasia; pero me voy a centrar en dos, que particularmente me hipnotizan, y que además ofrecen una contraposición perfecta.
Primero, el archifamoso bailecito de Gene Kelly paseando por la calle en pleno diluvio. ¿Alguien es capaz de discutirme que no es una secuencia perfecta? No sé cómo fue la factura, pero da la sensación de que consigue un buen equilibrio entre diseño al milímetro e improvisación. Detengámonos en algunos detalles:
  • El toque del amor. La imagen del beso y la mujer que se despide tras la puerta es un tópico no ya del cine, sino de la vida. Responde a una de las cumbres de felicidad que todo hombre pueda experimentar. Consecuencia: la renuncia a la comodidad. Con qué elegancia le dice al coche que se marche. El amor nos da alas, pero aquí nos indica qué es lo contrario del amor: el cansacio, la pereza, la incomodidad, la desgana, el miedo.
  • La valentía. El hombre tocado por el amor es feliz y es valiente, se enfrenta sonriente al diluvio (grande Regina Spektor). Aquellos que se cruzan con él lo miran como un loco; pero ante su mirada, esas prisas y esas precauciones resultan ridículas.
  • La sonrisa. El zoom hacia la sonrisa de Gene lo deja claro: por oscuro que esté el día, una verdadera sonrisa basta para iluminarlo (no puedo imaginarme a este profesional al borde de la neumonía, de dónde saca esta energía que marcará la Historia del cine).
  • El paraguas. Se covierte en el compañero de baile de toda la escena. Se convierte en un amigo. Gene consigue sacar de él todas las posibilidades. Consigue hacer de un paraguas un objeto de perfección. Y atención, en el fondo, el paraguas no deja de ser una señal de miedo, de protección, fácilmente asociable a un bastón, un escudo o incluso un arma. Aquí es un compañero, un amigo, porque no es utilizado, no se le busca para protegerse, sino para alcanzar la perfección.
  • Hollywood. Sí, toda la película es un homenaje y casi un documental de la edad dorada de Hollywood, la "fábrica de sueños". Aquí se ve reflejada en los distintos escaparates, tan lujosos. Tiendas de moda, de cigarrillos, librería, hasta llegar (curioso final, ¿verdad?) al "Art School".
  • La ley. Magistralmente, la secuencia termina con la aparición del policía. ¡Con qué alegría, con qué respeto, el personaje asume la vigilancia de la ley! ¡Claro! Sabemos que no hay nada más molesto que la felicidad ajena, hemos de contenernos. Con humildad, Gene serena el gesto pero sin abandonar la sonrisa: vale, yo soy feliz, no puedo evitarlo, pero procuraré que mi felicidad no moleste a los demás. ¿Dóde se ha visto algo así? De verdad, me quito el sombrero.
  • La entrega de amor. Y por último, cuál es el gesto final: Gene le da el paraguas a un transeúnte. Aquello que él ha sido capaz de convertir en un objeto valioso, aquel que ha sido su compañero en el momento de felicidad, aquel del que ha sacado la perfección, va y lo entrega a un desconocido. ¡Prótegete, sírvete de él!; aunque no lo sepas, es un objeto tocado por el amor.
[Una vez más, no me permiten insertar el video, así que nada, a enlazar: Cyd Charisse y Gene Kelly en "Brodway Melody", de Singing in the Rain]
La otra escena es totalmente opuesta: la mujer fatal, la belleza seductora, el poder de lo femenino. Pero una vez más me quedo con la profesionalidad de Cyd Charisse. A lo largo de la película hemos visto escenas magistrales, pero es que el bailecito que se marca aquí Cyd Charisse es espectacular. Y, yo al menos, no consigo ver en ella a una mujer fatal, sino a una bailarina que borda su papel. ¡Qué precisión y sensualidad en cada gesto! El objetivo: sacar al paleto de Gene de su posición rígida e ingenua.
Por supuesto, podemos ver aquí una metáfora poco velada del propio arte, de la belleza del espectáculo. La belleza que seduce al artista, pero que es seducida por el dinero. Brodway, Hollywood, la exótica belleza que baila para nosotros, esperando siempre que demos el paso.

Let the stormy clouds chase
Everyone from the place
Come on with the rain
I’ve a smile on my face
I’ll walk down the lane
With a happy refrain
Singing, just singing in the rain.

domingo, 10 de abril de 2011

H. C. Andersen: EL PATITO FEO

Sería demasiado triste narrar todas las privaciones y la miseria que hubo de sufrir nuestro patito durante aquel duro invierno.
Lo pasó en el pantano, entre las cañas, y allí lo encontró el sol cuando volvió el buen tiempo. Las alondras cantaban, y despertó, espléndida, la primavera.
Entonces el patito pudo batir de nuevo las alas, que zumbaron con mayor intensidad que nunca y lo sostuvieron con más fuerza; y antes de que pudiera darse cuenta, encontróse en un gran jardín, donde los manzanos estaban en flor, y las fragantes lilas curvaban sus largas ramas verdes sobre los tortuosos canales. ¡Oh, aquello sí que era hermoso, con el frescor de la primavera! De entre las matas salieron en aquel momento tres preciosos cisnes aleteando y flotando levemente en el agua. El patito reconoció a aquellas bellas aves y se sintió acometido de una extraña tristeza.
«¡Quiero irme con ellos, volar al lado de esas aves espléndidas! Me matarán a picotazos por mi osadía: feo como soy, no debería acercarme a ellos. Pero iré, pase lo que pase. Mejor ser muerto por ellos que verme vejado por los patos, aporreado por los pollos, rechazado por la criada del corral y verme obligado a sufrir privaciones en invierno». Con un par de aletazos se posó en el agua, y nadó hacia los hermosos cisnes. Éstos al verle, corrieron a su encuentro con gran ruido de plumas.
–¡Matadme! –gritó el animalito, agachando la cabeza y aguardando el golpe fatal. Pero, ¿qué es lo que vio reflejado en el agua limpia? Era su propia imagen; vio que no era un ave desgarbado, torpe y de color negruzco, feo y repelente; sino un cisne como aquéllos.
¡Qué importa haber nacido en un corral de patos, cuando se ha salido de un huevo de cisne!

Hans Christian Andersen: El patito feo.

Todos conocemos este cuento, porque todos hemos sido niños diminutos y torpes, apocados por el saber y la fuerza de nuestros mayores. Todos hemos soñado que creceríamos, y nuestra fuerza y nuestra inteligencia, nuestra belleza, nos haría triunfar sobre el mundo. Curiosamente, luego, los adultos tienden a pensar que son ellos los feos y que era en su infancia cuando fueron cisnes.
En realidad esto parece más una adivinanza: feo para sí, hermoso para los demás. Feo en el instante, hermoso en el recuerdo o en el deseo. Pero no olvidemos, que este cuento es otro Narciso, vuelto del revés, pero lo mismo. De hecho, los griegos asociaron el origen del cisne con el arrogante Faetón, que necesitaba demostrar que era hijo del Sol (no debería ser evidente). Todo esto es, a fin de cuentas, intentar comprender esa arrogancia que tenemos en la mirada. El problema del espejo.
¿Quién nos mira a través del espejo? Y, ¿qué ve?
Y cuando vivimos en el mundo (que también es otro espejo), soñamos con su imagen, y con nuestra imagen. En alguna parte tiene que quedar el paraíso, el cisne que soy. Y tanto nos duele lidiar con la aspereza del día, que pensamos que la fealdad está en nosotros y no fuera. Y viceversa, porque las pasiones están fuera del espejo. Y el que lo comprende, ése, es hermoso.
En el estanque del Pathos vivimos inquietos. Desconfiamos en nuestro corral de la comedia del otro: patos, gansos, ocas y gallinas. Cansados día tras día, de nuestro cuerpo de barro, no, de nuestro cuerpo de carbón y de ceniza. Quisiéramos cantar, parloteamos, pero estamos mudos. ¡Cuesta tanto volar! Abandonar nuestra pesada existencia y mirarse en el espejo liviano y engañoso del ser. Entregar por fin ese momento de belleza a la mirada del Padre.

domingo, 3 de abril de 2011

EL CANTO DEL CISNE: Saint-Saëns

Se denomina "canto de cisne" a la última obra de un compositor o cualquier tipo de artista. Esto se debe a la leyenda clásica en la que el cisne, antes de morir, canta una melodía acorde con su elegante aspecto. En este blog hemos comentado algunos "cantos de cisne": La flauta mágica de Mozart, los cuartetos de Beethoven, Inteligencia Artificial de S. Kubrik, La reina india de Purcell, incluso el discurso de Roy en Blade Runner.

El cisne no canta. No puede producir más sonido que una respiración cargada. ¿Por qué entonces esta leyenda? Lo primero que se me viene a la cabeza es que los griegos, no podían admitir que una formas tan apolíneamente elegantes no estuvieran también compensadas con el mejor de los cantos. Y como las sacerdotisas de Artemis guardaban su virginidad, los cisnes guardaban la belleza de su canto para entregársela a Apolo en el momento de su muerte, su apotheosis.

Decir que no existe el canto del cisne es como no poder unir belleza y muerte. Y tal vez sea esa la causa del mito. En la imagianción el ave más hermosa encuetra su canto más hermoso en el momento de la muerte. O es decir, que sólo a través de la muerte se consigue cantar la belleza. El cisne, en el momento de su muerte, consigue hacer de su constante silencio, el perfecto canto a la muerte.

El verdadero canto de cisne es aquella obra que silencia a todas las demás. A veces es la última, otras no. Pero parece que cuando es al final, toda la vida parece tener más sentido.




En cuanto a la obra de Saint-Saëns. No debemos olvidar que El carnaval de los animales es una obra de humor, paródica, irónica, incluso cínica. Muchos ven aquí una de las melodías más hermosas de todos los tiempos, y sin duda lo es. Lo que Camille consigue es reírse de todos estos románticos patéticos y melancólicos que alcanzan el éxtasis cada vez se aúna ese meloso timbre de belleza y de muerte, y se sube una nota más, y se alarga un compasito más. ¡Oh, la muerte, oh, oh!
No hace falta tomarse tan en serio la belleza para disfrutarla o para que surta efecto. Y seguirá siendo belleza. No sé a quién no le gusta esta pieza. A mí siempre me ha encantado. Probablemente, con esta particular broma, Saint-Saens ha dado el mayor de los gustos a aquellos que viven obsesionados con los patos, perdón, con el pathos.

domingo, 27 de marzo de 2011

Tchaikovsky: EL LAGO DE LOS CISNES


El lago de los cisnes, según Matthew Bourne, Final.

Durante mucho tiempo he denostado el preciosismo patético de la música de Tchaikovsky, esa "máquina de hacer llorar". Y ahora, comienzo con él este periplo en torno al cisne. Siempre me ha gustado la historia de "El lago de los cisnes", que parece sacada más de las Mil y una noches que del folklore alemán. Pero fue gracias a la película de Aronofsky y, buscando en YouTube, la interpretación del ballet de Matthew Bourne, cuando realmente me ha fascinado.

En cierto modo, el cuento trata sobre un "despertar". Sigfrido vive en el mundo del goce y es apremiado por su madre a entrar en el mundo real. Esa ley materna no es ética, no le permite "acceder" eficazmente al mundo, y lo que consigue es disparar su mundo imaginario, que es precisamente la acción del ballet. En todo este delirio, Rothbart es el elemento paterno, que introduce un extraño complejo edípico: le prohíbe a la la mujer casta entregándole a la mujer seductora. Sucede entonces el error mítico de la mala elección: no saber distinguir a la verdadera novia.

En el ballet de Matthew Bourne, el cisne blanco es como una imagen protectora del mismo Sigfrido, atormentado por su propio deliro. Los cisnes son un reducto con el que su propia fantasía se resiste al mandato de la madre, y en esa lucha no puede sino quedar destruido. Sólo en el cisne blanco aparece un elemento que, desde su propia fantasía, le permita trascender. Esto, de alguna manera, es lo que se ve también en la película de Aronofsky.

Y todo, encendido con la archiconocida música de Piyort Iliych Tchaikovsky. Una atmósfera poderosamente expresiva, lírica, delirante, de una nitidez sentimental apabullante; pero en la que más de uno echamos de menos el peso de algo real. Es una borrachera de belleza y sentimiento, que alzará a este ballet como la más alta cumbre de su género (al menos como emblema). Es posible que este ballet, se acerque a la esencia misma del pensamiento del compositor.

Hay en la interpretación de Matthew Bourne como un deseo de salvar al propio Tchaicovsky. Sigfrido es un niño perdido entre fantasmas, pero la maestría de su delirio puede salvarlo. El delirio no destruye al sujeto, sino que lo sostiene, y si hay en él algo magistral, incluso puede trascender, como los héroes griegos. Esta es una idea que me parece peligrosa, y no sé muy bien a dónde lleva; pero en relación al arte, es muy interesante, y sería de hecho el sueño de los artistas.


Es muy curioso que haya tantos finales distintos de este ballet. Está predispuesto a que cada uno impoga lo que su estructura es; se resisten a someterse a la estructura del original. En la versión que enlazo a continuación, de factura mucho más clásica, se percibe más esa naturaleza de cuento: el error de eleción, el triunfo del padre (que a fin de cuentas podría traducirse como el paso del niño al adulto, el niño bueno seducido por las maravillas del mundo materno, y el hombre adulto, que sabe realmente lo que es la mujer).

La mujer es un cisne.


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