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jueves, 29 de noviembre de 2012

HOMERO: Odisea. POLIFEMO

Carnero amigo, ¿por qué me sales de la cueva el último del rebaño? Antes jamás marchabas detrás de las ovejas, sino que, a grandes pasos, llegabas el primero a pastar las tiernas flores del prado y llegabas el primero a las corrientes de los ríos y el primero deseabas llegar al establo por la tarde. Ahora, en cambio, eres el último de todos. Sin duda echas de menos el ojo de tu soberano, el que me ha cegado un hombre vil con la ayuda de sus miserables compañeros, sujetando mi mente con vino, ¡Nadie, quien todavía no ha escapado -te lo aseguro- de la muerte! ¡Ojalá tuvieras sentimientos iguales a los míos y estuvieras dotado de voz para decirme dónde se ha escondido aquél de mi furia! Entonces, sus sesos, cada uno por un lado, reventarían contra el suelo por la cueva, herido de muerte, y mi corazón se repondría de los males que me ha causado el vil Nadie.

Homero: Odisea, Canto IX, vv. 447-460.


Al cínico gigantón, que no tanto antes veíamos devorar jocoso a los compañeros de Ulises, lo sorprendemos ahora empatizando con una de sus ovejas. En realidad, imagina reflejado en ella el propio evento traumático de la castración. Él, invulnerable hijo de Poseidón, que por intocable hasta único era su ojo y su mirada nada dividida, ahora ha quedado convertido en un ciego más de la larga lista griega.
Y yo mismo, segmento proporcionado, me veo reflejado en él, en la medida en que sigo creyéndome un gigante vulnerado, un enfant terrible, un sabio monoculista que añora la uterina vida de las cavernas. El "conocido por muchos" cegado por "nadie".
El hombre agacha la cabeza ante las astucias de la vida que, sin ser nadie, nos rebaja a nosotros que tan poderosos nos creemos. Pero no la agacha humildemente: destrozará sus sesos, no los de nadie, imposibles de encontrar, sino los propios. Nuestra mente se lamentará con amargura, sin atinar a ser castigada pues nosotros mismos escapamos de nuestra furia.
Indignados, no sabemos castigarnos. Y a una penosa libertad nos abandonamos. Heridos por un amor propio perdido, elegimos aferrarnos al clavo ardiendo de nuestra conmiseración, y dejamos que el amor a esa vida ingrata se diluya en el amor a nuestra propia pereza.
Entre los Tiresias, Fineos y Edipos griegos, este ciego Polifemo es un quejica, un patético enrabietado cuya pataleta va a tener al astuto Odiseo de aquí para allá, sin miramientos. Pero veamos nosotros el guiño del destino que se enreda en este vellocino emotivo del carnero de Polifemo. Precisamente debajo del cual se escapa Ulises, quien, desde luego, ni mucho menos ha escapado ni de la muerte ni del castigo. En más de una ocasión sentimos que las desventuras de este viaje son fruto de los descuidos y osadías del propio Odiseo. Polifemo es el reverso arrogante y brutal, ingenuo, estúpido e infantil, del valiente, astuto y rey Ulises.
Y ellos son el mío. Si hubiera estado quietecito, Ulises no habría padecido los tormentos de su viaje. Pero si no hubiera sufrido su odisea, no se hubiera convertido en el héroe que tanto amo. Sus aventuras hieren al ingenuo gigantón que se es. Yo, con mis argucias y mis tretas, me construyo gigante y me hiero, y me castigo divagando de aquí para allá en teorías y faenas. En mi manía exploro el universo, en depresión ciego mis ilusiones y me escondo.
Y sí, podría arroparme en mis propios lamentos para lo que queda de eternidad; podría dejarme soñar que la vida ya ha de quedarse quieta...
... y, sin embargo, se mueve.

Ojalá tuvieras sentimientos iguales a los míos
y estuvieras dotado de voz para decirme




miércoles, 24 de octubre de 2012

Homero: ODISEA. El héroe

Ea, ven también tú, padre extranjero, y prueba de los juegos,
si es que te instruiste en alguno. Es natural que sepas de juegos,
pues no hay mayor gloria para el varón mientras existe
que lo que con sus pies obra y con sus manos.
Vamos, pues, ven a ejercitarte y arroja lejos las penas del ánimo;
pues tu viaje no se diferirá por más tiempo, sino que ya
la nave ha sido botada y dispuestos están los compañeros.

Homero: Odisea, Canto VIII, vv. 145-151 

A partir de esta intervención de Laodamante se suceden en este canto, de extraña orfebrería y sutiles engarces, una serie de ironías tanto simbólicas como ya constructivas. Y preveo que será difícil agotarlas, y que este comentario será un comentario de la frustración, sin que pueda quedar acabado.
–El juego. En el original griego, el término
aeqlwn, aeqlouV, se refiere más claramente a los juegos "atléticos", la carrera, los lanzamientos, el pugilato. Pero la dificultad para la traducción ya nos da la pista de que en realidad podría tratarse de cualquier otro juego, entretenimiento u ocupación. Cualquier acto, en suma.
....Por si hubiera alguna duda, ya se encarga el mismo Ulises de aclararlo (vv. 166-177): a unos los dioses dotan con unas cualidades y a otros con otras. Así, no es que haya mucha diferencia entre cualquier entretenimiento, ya sea del cuerpo (pies y manos), ya del intelecto (palabras, que son, a fin de cuentas, las narraciones de dichas gestas). Y digo bien entretenimiento, pues en nuestra ociosa y feacia sociedad –como ellos, parece que nuestra isla se precia de criar a los mejores en el arte de la diversión (vv. 250-253)–, es difícil distinguir divertimento o labor.
.....También el propio texto señala esta diferencia sutil: "No, forastero, no te asemejas a un hombre entendido en juegos de atletas, cuantos hay abundancia entre los hombres, sino al que está siempre en una nave de muchos bancos, a un comandante de marinos mercantes que cuida la carga y vigila las mercancías y las ganancias debidas al pillaje. No tienes traza de atleta" (vv. 159-164). Estas palabras desatan la indignación de Ulises; lo cual subraya la discriminación positiva del ocio frente a las tareas del negocio. Presumir de una vida ociosa ha sido en todas las culturas motivo de honor. Vivir dedicado a actividades útiles es vil.
.....En nuestra sociedad, esta extraña fusión entre ocio y negocio parece estructurar toda la economía. No se come por necesidad, sino por placer. Y el negocio de un trabajador, depende de la satisfacción en la diversión de otro. O, sin más, esto mismo, este escrito y este esfuerzo, qué extraño entretenimiento es, ¿acaso mero pasatiempo, y fructuosa labor? La diferencia parece estribar en el beneficio: útil de supervivencia en el trabajo, y de irónica gloria altruista en el "jugo de atletas" (entiéndase, olimpiada cualquiera de mis actos).

–Obra de pies y manos. Pero apenas tarda en comparar la obra atlética con la capacidad oratoria. Y tras una breve competición, es el aedo el que nos deleita con su palabra. Ulises lanza un disco hasta una marca que ningún feacio conseguirá alcanzar; igualmente nosotros, de continuo parecemos intentar llegar con nuestra literatura a la marca dejada por Homero, el mítico aedo. Los antiguos atletas han sido olvidados, sus marcas han quedado atrás; en cambio, Homero permanece más allá de su propia existencia, dando nombre al aedo genial o al conjunto de todos los aedos. Ulises lanza el disco más lejos que nadie porque es el disco de su historia. Y si bien no todos los hombres han sido instruidos en el arte del atletismo, todos y cada uno hemos sido instruidos en el arte de vivir con la palabra nuestra historia y en ese juego competimos perpetuamente, como machitos.
.....El héroe es un gran atleta. El héroe es un hombre sensible y apremiado por sus sentimientos. El héroe es un gran orador, capaz de vencer en la dialéctica y emocionar en la oratoria. El héroe es, en fin, el protagonista de un gran relato. Y en qué medida, cada uno de esos elementos pueden separarse y diferenciarse, y no queda de hecho engarzados en el último elemento, es difícil decirlo.

–No hay mayor gloria mientras se vive. Sin embargo, luego el episodio que el aedo nos cuenta es el del vergonzoso adulterio de Afrodita y Ares, y la ridícula trampa ideada por Hefesto. El deforme y repudiado Hefesto, el dios artesano, creador de grandes obras con sus manos, y al que se nos hace ver víctima de un infame adulterio, y que trabaja afanosamente para que todos lo veamos (o al menos los dioses, que son, varones). Y Ares, el gran atleta entre los dioses, el púgil, el de brazos y pies no menos ligeros y fuertes que un héroe Aquiles, es el adúltero, víctima de la denuncia de Helio, de la trampa de Hefesto y de la burla de los dioses. Y por medio Afrodita, el deseo, del que apenas se dice nada.
.....Qué de gloriosos son nuestros actos, pues, nuestras hazañas, una vez abandonados por el día. Nada son sino puro relato. Y el relato se presta tanto a la gloria (tragedia) como a la burla (comedia), pues la estructura esencial es la ironía. Ulises lo observa bien: la invitación al juego es una burla, a la que rápidamente se engancha por orgullo (vv. 177-184), picado no por la sensación de los juegos, sino por las mordentes palabras de Euríalo. Pero ni los sentimientos son tan patéticos ni tan gloriosa la exhibición. Ni tan infame la burla. Los significados se escurren como los objetos entre atléticos bailarines.
....."Las maldades no triunfan y el lento adelanta al ligero" (v. 329) Ni Homero ni el disco de Ulises son, por tanto, tan inalcanzables.

–Tu viaje no se diferirá. El texto es una invitación al ejercicio, una invitación a la alegría y a la diversión, una invitación a la compañía. Carpe diem, este día, justo antes de que zarpe la nave ya botada. Pero en este día que ya no se dilatará, se suceden los cuatro cantos en los que Ulises relata su "odisea". Y es este relato el que precisamente todos asociamos con la Odisea misma, como si la llamada telemaquía o los sucesos que transcurren en Ítaca, que ocupan la mayor parte de toda la epopeya, no le pertenecieran.

.....Es el relato de Ulises por Ulises (frente al relato, por ejemplo, de Ulises hecho por el aedo, sobre la caída de Troya). Lo que uno se relata a sí mismo sobre sí, lo que otros le relatan a uno sobre sí (y habría que añadir lo que uno y otros relatan sobre cualquier otra cosa), es lo que uno es, tanto como sus actos; pues en realidad todo acto, como el hecho mismo del relato, se pierde en su momento. De cada ser estamos ante su efímero momento y ante el fantasma de su huella creado por el relato, y los fantasmas sucesivos, contrapuestos, que han de levantarse en cada nueva recreación del relato: es obvio que cada versión es un hecho en sí que ha de modificar el relato posterior que se haga de su contenido.
.....Y este borboteo del ser, como un surtidor que fuera lanzando caóticos discursos dibujando en el espacio una imprecisa pero evidente parábola, es el que se dilata en este día, ajeno mismo al tiempo. Y mientras haya relato, habrá día, discurso, juego de atletas: es la labor ya no tan desinteresada de la gloria de nuestros actos. Ahora bien, no por ello el sujeto, a pesar de este falo del día del atletismo de la palabra, consigue enmascarar su profunda castración, su irónico posicionamiento ante los límites, ya nítidos ya borrosos, de su estructura.

–Acción, pensamiento, sentimiento. ¿Cuál es la esencia de la persona? Porque hasta este momento el invitado entre los feacios, parecidos aunque mortales en su porte a los dioses, es un náufrago; y será en este mismo momento, a raíz de esta extraña orfebrería, de esta extraña cirugía verbal (uno lanza la pelota hacia atrás mientras el compañero la recoge con los pies en el aire, vv 374-376) cuando Ulises se descubre y todos sienten urgir el deseo de saber su historia (sea la Odisea el relato para saber qué nadie es Ulises)
.....Primero, Alcinoo sorprende a su huésped escondiendo sus emociones despertadas por el canto del aedo (vv 93-96). Para aliviarlo, propone precisamente los juegos, en los que rápidamente se aprecian las pruebas de hombría, y el huésped demuestra que es tan capaz de rivalizar como el que más (tanto como en el relato de la disputa con Aquiles), y demostrar que a machito no le gana nadie. Y finalmente, rompe a llorar exactamente "como una mujer"(vv. 523-531; esta descripción del llanto tampoco tiene desperdicio) ante el desmoronamiento de su máscara.
.....La identidad social, como una máscara estructurada por los juegos –y rota y torturada por la guerra: "los enemigos cortan con sus lanzas la espalda y los hombros de los ciudadanos y se los llevan como prisioneros para soportar el trabajo y la pena" (vv. 526-530)–, y que esconde la vivencia real del instante y su sentimiento; ya fue señalada al principio mismo de la invitación, cuando Ulises responde: "¡Laodamante! ¿Por qué me ordenas tal cosa por burlaros de mí? Las penas ocupan mi interior más que los juegos atléticos. Yo he sufrido antes mucho y mucho he soportado. Y ahora estoy sentado en vuestra asamblea necesitando el regreso, suplicando al rey y a todo el pueblo" (vv. 153-157). Bien que, en cierto modo, esta dicotomía podría verse como una disposición de amado (yo sufridor) frente a una postura de amante (sujeto competitivo). Pero atiéndase a que la dicotomía se establece entre el juego de atletismo y la súplica ante el cratos y el demos, que casi inmediatamente se convertirá en el relato de su vida (juego de aedo o de atleta).
.....Y ese relato, ¿cómo será? Será acaso un alarde de hechos y sucesos, de engarces intelectuales y narrativos, o será más bien el paseo caótico y valiente por el instante, en su incesante renovación e incertidumbre. El paseo atlético por el yo, que se construye en cada acto, en cada palabra, en cada significado, es la mayor gloria para el varón mientras vive. Pero el sujeto, situado en el instante, que no admite más dilatación, ¿por dónde habrá de pasear?, hecho como está de actos extraños, palabras siempre nuevas, y significados ausentes. ¿Por dónde la desconcertante estructura de su ser?
"O acaso un compañero varón de cosas agradables conocedor,
noble; pues no es a un hermano inferior
que naciera, el que compañero cosas sabias conoce".
"O acaso un noble amigo de sentimientos agradables; pues no es inferior a un hermano de nacimiento el amigo que tiene pensamientos discretos".

ἦ τίς που καὶ ἑταῖρος ἀνὴρ κεχαρισμένα εἰδώς,
ἐσθλός; ἐπεὶ οὐ μέν τι κασιγνήτοιο χερείων
γίγνεται, ὅς κεν ἑταῖρος ἐὼν πεπνυμένα εἰδῆι.

(vv. 584-586; final del canto VIII)

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domingo, 12 de febrero de 2012

CANTAR DE MÍO CID

[Tirada 63]

Aguijaba el comde  e penssava de andar,
tornando va la cabeça  e catándos atrás;
miedo iva aviendo  que mio Çid se repintrá,
lo que non ferié el caboso  por cuanto en el mundo ha,
una deslealtança  ca non la fizo alguandre.
Hido es el comde,  tornós el de Bivar,
juntós con sus mesnadas,  conpeçós de alegrar
de la ganancia que ha fecha  maravillosa e grand;
tan ricos son los sos  que no saben qué se an. (vv. 1077-1086)

Así termina el Cantar del destiero. Obsérvense las similitudes o simetrías con el comienzo del cantar (tiradas 1 y 2): la mirada atrás, el aguijar al caballo, la reunión con las mesnadas... Pero la diferencia es básica: esta vez es el señor, el conde don Ramón, el que se vuelve derrotado. Y no al destierro, sino a su propia casa. Efectivamente, en la actuación del Cid con el conde don Ramón (tiradas 62 y 63) es donde vemos cuál es el espíritu del Cantar de mío Cid.
  • El desvío épico. Por encima de las batallas, el esquema social, las lecciones de valor, de honor y todo eso que tanto se busca en la épica, cada relato épico levanta un esquema fundamental, que no es exactamtente el mismo que enuncia su discurso. Así, por ejemplo, la Ilíada no trata tanto del asedio de Troya, sino del pétreo corazón de Aquiles, de altas murallas: conseguir que el divino Aquiles, de pies ligeros, se quiebre y se vuelva humano, pise la tierra.
  • El destierro. El relato del Cid es la historia de un destierro. Pero no por su destierro real, sino por el destierro del Rey. En la Jura de Santa Gadea, todo el mundo comprende que el rey Alfonso no es un verdadero Rey. Y eso no puede quedar así: Dios, debe sentenciar ese desorden legal; pero lo hace, muy a su manera, castigando al justo para darle lecciones al pecador. Lo importante en el destierro del Cid es la pérdida del verdadero Rey.
  • La figura del padre. El relato del Cid es la historia de un hijo, el Cid, que, con su perfección, consigue que el padre, el rey, alcance la perfección que le corresponde y sea realmente Rey. Esta ironía nos la adelanta la Odisea misma. Con la "Telemaquía" inicial de la epopeya homérica, el poeta nos da la clave: el viaje de Ulises es la búsqueda de un padre perdido: los trabajos de Ulises para ser Padre-Rey. El Cid, por su parte, es la continua denuncia de un padre imperfecto, algo intolerable en la mentalidad medieval. ¿Cómo asumir la imperfección del padre cuando todos los hombres son "hijos" de Dios, "súbditos" en el Reino de los Cielos? Es curioso que, un héroe que encierra unos valores tan democráticos (los hijos dando lecciones al padre), haya sido utilizado como emblema de nuestra última dictadura. Pero si alguien necesita pruebas de esto que digo, veamos algunos versos:
"Dios, qué buen vassallo,  si oviesse buen señor" (v. 20)
Este es el verso más paradigmático de todo el Poema. Es la esencia del Cid hijo. Un hijo perfecto exige un padre perfecto. ¿Cómo es posible, Dios, que esto no sea así?
"Pues que por mí ganaredes  quesquier que sea dalgo,
todo lo otro  afelo en vuestra mano" (vv. 504-505)
Toda la tirada 24 es un juego de proporcionalidad según el clásico teorema de Tales. Minaya renuncia a sus ganancias en pro del Cid, como el Cid ha de renunciar a sus ganancias en pro de Alfonso (como el Rey debería renunciar a sus ganancias en pro de Dios, la Ley). Minaya es un ejmplo de hijo para su padre el Cid, como el Cid es un ejemplo de hijo para su padre el rey.
"Comed, comde, deste pan  e beved deste vino.
Si lo que digo fiziéredes,  saldredes de cativo;
si non, en todos vuestros días non veredes cristianismo" (vv. 1025-1027)
¿Qué es esto de que el hijo de de comer al padre? Es el hijo el que ofrece aquí su pacto de alianza, de perdón y de libertad. Pan y vino... pues a fin de cuentras el cristinanismo no es la religión del Padre, sino la religión del Hijo.
"El león quando lo vio,  assí envergonçó,
ante mio Çid la cabeça  premió e el rostro fincó.
Mio Çid don Rodrigo  al cuello lo tomó,
e liévalo adestrando, en la red le metió (vv. 2298-2301)
El león, el rey. No en vano es este un episodio tan famoso. Y no será la última vez que el Cid tenga que poner al rey en su sitio.
"Sed en vuestro escaño  commo rey e señor;
acá posaré  con todos aquestos mios". (vv. 3118-3119)
En pleno inicio del juicio por la afrenta de Corpes, ante toda la corte, aún el Cid ha de decirle al rey "aprende a estar en tu sitio". Tú eres el padre, yo soy el hijo. Actúa como padre en correspondencia con mi actuación como hijo. 
  • Y la paradójica libertad. ¿Qué busca el hijo sino salirse de los brazos de su padre? Ese destierro, ese estar fuera de casa, ese estar en la calle haciendo travesuras, campando a sus anchas, sin más ley que su propia imaginación... ¿no es la libertad soñada de todo hijo? Pero este no es un relato sobre el hijo rebelde, sino el del hijo ejemplar, que lo que quiere es construir al Padre. Es curioso que con el destierro, lo que el Cid tenga que conquistar sea su libertad. Y también en este sentido el poema da su lección sobre lo que es la libertad (que aprendan los falsos hijos y aprendan los falsos padres), nos lo deja muy clarito: "tan ricos son los sos  que no saben qué se an".

domingo, 6 de febrero de 2011

John Boorman, EXCALIBUR: El despertar de la conciencia

Hoy toca hablar de mí: un niño de diez años que se siente subyugado por unas imágenes y por su música:



Efectivamente, se trata de la magistral película de John Boornman (1981), que marcó una generación de amantes del género fantástico-épico. Cuando llegó a mí, yo estaba siendo arrastrado por el fluir de dioses y héroes: Atenea, Hermes, Yahveh, Ulises, Moises, Abraham... Las historias del Rey Arturo y sus caballeros siguen atrapando después de cientos de años, versión tras versión.


Los orígenes de esta casi-mitología artúrica son tan difusos, que las lecturas y adaptaciones se prestan a ser de lo más dispares. Mitología celta, historiografía medieval, leyendas cristianas, códigos del amor cortés... todo un pastiche de influencias conforman el corpus y entramado de personajes. Pero, lo mires por donde lo mires, es una red dispuesta a atrapar tu inconsciente:
  • Uther Pendragón: el rey que no puede controlar sus pasiones y adopta la figura del rival para poseer a la esposa de éste. Creo recordar que así fue también como Zeus concibió a Heracles.
  • Arturo: El niño destinado a reinar, herido por su propia condición de rey y hombre.
  • Lanzarote y Ginebra: la humanidad del rey, la pasión edípica, ambos la virtud y la culpa.
  • El grial perdido: el cadero mágico de los celtas que lleva bonanza a la tierra. El vaso cristiano que guarda la esencia de Dios en la tierra, la eternidad.
  • Los caballeros de la tabla redonda: fidelidad e igualdad, la búsqueda de la virtud, el valor; Lanzarote, Perceval, Tristán, Gawain, Bors...
  • El rey pescador: el ideal de rey, el correlato platónico que se corresponde con Arturo.
  • Morgana: el deseo de saber, Pandora, la serpentina Eva.
  • Mordred: la materialización del los pecados de Arturo, zarandeado por todos los elementos anteriores.
  • Merlín: el saber mismo, misterioso, enredado entre los mundos de los hombres, de los dioses y de los sueños; el lenguaje que narra.
  • Camelot: la utopía del ser, el paraíso posible; la narración.

La tierra, seca y marchita por la ignorancia y los defectos del hombre. ¿No es emocionante ver cómo florece bajo la huella del verdadero Rey? ¿Quién de nosotros aceptará su destino, cuando le toque la hora de esgrimir, de nuevo, a Excalibur?


domingo, 7 de noviembre de 2010

GILGAMESH

Emprendieron el viaje en la barca de Urshunabu. A las veinte leguas probaron un bocado, y a las treinta se prepararon para el descanso. Pero sucedió que, viendo Gilgamesh un limpio pozo de agua fresca, se retiró hacia él a bañarse, y durante su aseo, una serpie olfateó la planta y la robó, alejándose mientras mudaba la piel. Por esto Gilgamesh se sienta y llora, y mientras las lágrimas le recorren las mejillas le dice a Urshunabu, el barquero: “¿Para quién, Urshunabu, trabajaron mis manos? ¿Por quién se ha derramado la sangre de mi corazón? Mis esfuerzos no ganaron recompensa alguna, y sin embargo, ¡gran recompensa ha obtenido por mí el león de la tierra! Cuando comencé mi viaje, la muerte siempre lo impulsó, y su temor me hizo seguir adelante, ¡sabido era que la vida no había de hacerlo terminar! Mi peregrinaje estuvo siempre surcado por el llanto y las miserias, y si éstas me acompañaron en su principio, ¿porqué no iban a acompañarme también en su final? Al final del sendero siempre se encuentra la nota, que reza desconsolada: “Volverás a mí”, y quizá así deba ser. “Abandona la barcaza y retírate”, y así debe ser.” Veinte leguas más y comieron bocado, a las treinta se prepararon para el descanso, y así llegaron a la ciudad de Uruk. Urshunabu dijo: “He aquí el lugar de donde partiste, y he aquí tu destino final. No has de desechar las experiencias de tu viaje, sino, conviviendo con ellas, regresar a tu morada, descansar y reflexionar, para seguir mañana el curso de tu vida.” Gilgamesh, sin bajar del bote, apuntaló la pértiga y lo hundió en la orilla, diciendo a Urshunabu: “¿Seguir el curso de mi vida? ¡Cómo podría ser capaz! Me fue robado el camino de vuelta a casa, la muerte sigue presente en todas partes. Allí donde mire al amanecer, se encontrará la muerte; allí donde mire al atardecer, se encontrará la muerte; cada palacio, hogar y templo son ya presas de la muerte. ¿Cómo podrá ser pleno mi corazón en este mundo? Regresa tú, Urshunabu, dirígete a la ciudad de Uruk. Admira si las murallas son de ladrillo cocido, si sus cimientos fueron echados por los siete sabios. Admira el templo de Eanna, la morada de Anu e Ishtar, si sus aguas fluyen constantemente, y su brillo no muere ni de día ni de noche. Después dirígete a sus gentes, si son felices, y relátales lo que has visto.” “Mundos hay aparte de éste, Urshunabu, más allá del dominio de los dioses y de las gentes. Son todos mundos de hechicería, llenos de magia, horrores y miserias, lo reconozco, pero quizás en ellos resplandezca aún un poco de alegría para mí. Quizás, más allá del horizonte, siga existiendo todavía algún lugar que contenga el secreto de la vida eterna, mi salvación en la inmortalidad. Donde el cardo, y sus pétalos de rosa, sigan brillando a la luz del mediodía.” Y bajando Urshunabu del bote, Gilgamesh empujó la pértiga, y se alejó de la orilla, adentrándose en los mares desconocidos, hacia los mundos que existen más allá de este mundo. Donde ni los dioses, ni los hados, alcanzan a sus gentes.



Este es un texto que se comenta a sí mismo. Porque parece que toda la literatura sólo ha sido un colorido comentario de estos fragmentos. Si tuviéramos que mandar un texto al espacio, para que fuera reconocido por civilizaciones inimaginables, hoy eligiría este sin dudarlo: el texto que nos describe desde hace más de tres mil años.

¡Con qué naturalidad acepta lo que todo el mundo parece querer ver al revés! No es la vida la que nos sostiene en un viaje que la muerte ha de truncar; sino que nuestro viaje está impulsado por la muerte (el robo de la serpiente), y la vida, obviamente, no lo detendrá. Durante cuánto tiempo, cuántos de nosotros habremos usado como excusa los avatares de la vida para no hacer nada, para quedarnos en nuestro bonito sofá, en nuestro lecho de dolor, en nuestra particular Uruk del goce. Sin escuchar al primer héroe, a Gilgamesh, el primer inmortal.

Ciertamente, no hace falta comentar más este poema, sólo leerlo una y otra vez, insisto, como han hecho no sé si sin saberlo tantos otros textos. Montarnos como polizontes en la balsa del héroe, y adentrarnos con él "en los mares desconocidos, hacia los mundos que existen más allá de este mundo. Donde ni los dioses, ni los hados, alcanzan a sus gentes".