miércoles, 29 de marzo de 2017

MIGUEL HERNÁNDEZ


El hombre no reposa:   quien reposa es su traje
cuando, colgado, mece   su soledad con viento.
Mas, una vida incógnita   como un vago tatuaje
mueve bajo las ropas   dejadas un aliento.

El corazón ya cesa   de ser flor de oleaje.
La frente ya no rige   su potro, el firmamento.
Por más que el cuerpo, ahondando   por la quietud, trabaje,
en el central reposo   se cierne el movimiento.

No hay muertos. Todo   vive: todo late y avanza.
Todo es un soplo extático   de actividad moviente.
Piel inferior del hombre,   su traje no ha expirado.

Visiblemente inmóvil,   el corazón se lanza
a conmover al mundo   que recorrió la frente.
Y el universo gira   como un pecho pausado.


Miguel Hernandez ( 1939 ? )

Por termodinámica sabemos que el estado de ausencia absoluta de movimiento es imposible. Al parecer, este pastorcito autodidacta lo sabía bien, y algo así formula en el centro de este soneto (vv. 7-10). Pero si consideramos que el movimiento y los cuerpos que se mueven son, no ya supuestos objetos reales, sino supuestos del pensamiento, imágenes que la mente genera en su fantasía de conocer, entonces, bien se puede imaginar el reposo. 
Así, en la medida en que lo vivo es, a fin de cuentas, un tejido material que nunca dejó de estar muerto, no puede conocer la muerte. La muerte pertenece al pensamiento de aquel que sigue vivo. Mente, vida y muerte son los vértices de un triángulo paradójico.
En nuestros ideales, consideramos que las mentes morirán, y que podemos matarlas. La muerte así es una solución definitiva, un "exit" inapelable. Y hay ideales que quieren llegar a soluciones estáticas, a través de la muerte. ¿A quién conseguirán matar? Matarán los trajes que siempre estuvieron muertos, y fracasan con la muerte de los ideales.
Vemos la materia bullir sin remedio. Alejados por distancias inimaginables, bailan pesados cuerpos sin brillo una danza tan lenta, pero tan larga, que no hay medida que nos la haga constar. La vida, en este cuerpo-planeta, tan solo, en nuestro relato siempre tan amenazada, se ha vuelto, a día de hoy, aún, tan rica. El ser humano, con sus miserias y su violentas hecatombes, muere y se mata, pero ya asfixiando a miles de millones la superficie del planeta, como en su día aquellas bacterias que oxidaron la atmósfera. Los imperios han caído, pero los ideales que levantaron, como nube de polvo tras el impacto fatal, siguen flotando en nuestras conversaciones, siendo no menos, sino más numerosas, complejas, contradictorias, las ideas.
Veintinueve años tenía Miguel cuando escribió este soneto. Apenas le habían dejado vivir y poco le dejarían vivir más. O él consiguió vivir más que muchos trajes más longevos. De la revolución del amor pasó a la revolición del arte y luego a la de la guerra y luego a la de la derrota, a la de la enfermedad y la muerte. Él, que siempre se sintió  prisionero de la naturaleza, de la pasión, "rayo atado a una redoma". Él, que acaso sabía que su vida era un traje, que al final habría de malvender por una salvación imposible. Él, cuyo rayo aún no termina de cesar.

martes, 28 de febrero de 2017

HOMENAJES. El Greco y Goya.


 
Domenikos Theotokopoulos, 
El Greco: Expolio (1576)
Francisco de Goya:  
El prendimiento de Cristo (1798)

Vivimos como en el centro de la atención. En el sentido usual, aspiramos, sospechamos o nos creemos en la mirada de los demás, las conversaciones de los demás. En el sentido más exacto, nuestra intención observa y somos el fruto de esa intención y esa observación. Sujeto que observa, objeto observado. Por supuesto, es una ilusión.
Estas dos obras se miran entre sí, se conocen; llevan viviendo juntas varios siglos. Hablan entre ellas, por más que aceites y lienzos son amalgamas inertes. Pero además, ofrecen un espejo para la situación en que se encuentran: igual que las cabezas se amontonan para mirar el espectáculo de Cristo (concepto muy barroco este), oleadas de cabezas entran y salen de la sacristía de la catedral de Toledo para mirar el espectáculo de estos cuadros.
Podemos especular aún más. El autor, Goya o el Greco, pinta muy consciente de aquellos que le precedieron y que le proporcionan sus modelos. Pinta desde ellos, antendiéndolos, pero también pinta para ellos, como si, de alguna manera, los antiguos maestros estuvieran atendiendo. O al revés: se dice que los grandes maestros ya pintan con la mirada de los artistas futuros; entre aquellos y aquellos, parecen hacer poco caso a su momento. Luego está la versión del que considera al artista encerrado en sí mismo, en la tarea introspectiva que es el tenso diálogo entre sus intenciones, sus decisiones y sus resultados, entre la obra y él. ¿De qué realidad es, entonces, reflejo una obra? Especulaciones.
Con el homenaje que Goya hace al maestro griego, podemos desarrollar un fácil juego de semejanzas y diferencias. Este mismo juego es el que, muy probablemente, desarrolle nuestra cotidiana percepción de las cosas.

  • La muchedumbre. Empezamos por lo más obvio, el que conecta más claramente el juego de homenajes y el juego especular con los visitantes, que antes comentamos. Continúa esa tradición artística del friso, que amontona cuerpos y retratos en serie. De hecho, esta sacristía juega a compilar distintos retratos, de diversos autores, por toda la sala.
    En las caras del Greco observamos una diversa gama de actitudes y preocupaciones, muy individuales, bastante reconocibles. Cuadra muy bien con la escena del expolio, como si cada cual estuviera pensando qué provecho pudiera sacar de la situación, cada uno a su manera. Obsérvese cómo la mayoría tienen los ojos ensombrecidos, ensimismados, distraídos. Los ojos de Cristo son hermosos, grandes, brillantes y claros.
    En Goya, las caras son grotescas. La psicología ha derivado en una
    explosión de extremos emocionales que avisan el Expresionismo. Algunos parecen ahogarse en la asfixia provocada por la multitud misma. Aquí, la mayoría tienen los ojos muy abiertos, muchos desorbitados, varios mirando fijamente a Jesús, quien, por el contrario, tiene los ojos casi cerrados.
  • Las lanzas. Esas líneas rectas que contrastan fuertemente con las redondeces de las caras, juegan de distinta forma en un cuadro y otro.
    En el Expolio, todas tienen el mismo lugar, por encima de las cabezas, al fondo. Acentúan el juego de perspectiva que va desde las grandes formas de la parte inferior del cuadro hasta esa colección de líneas verticales de la parte superior. En cierto modo, las lanzas se funden con el cielo, y no se distingue bien si las nubes son nubes o pendones, de irreales que son. Esta asociación entre las lanzas y el cielo no está exenta de peliagudos simbolismos.
    En el Prendimiento, las lanzas ni se ven, excepto una, sola, que aparece en primer plano, compitiendo por el protagonismo con el propio Jesús, tanto en el valor estructural como en la dirección de la luz. También es aquí muy simbólico que la lanza organice de esta manera el cuadro, separando al espectador de la figura supuestamente principal, enlazando las tinieblas del fondo con la luz del primer plano, formando dos oblicuas contrarias.
  • La perspectiva. Ambos cuadros tienen un poco de posición imposible. Ambos juegan paradójicamente con la colocación del cuadro: muy por encima del espectador. Así, la mitad inferior de los cuadros parece estar vista desde el nivel del suelo, mientras que en la parte superior, vemos agolparse las cabezas como si miráramos desde arriba. Esto es especialmente notable en el Expolio, donde cada personaje parece tener su propio y sutil punto de fuga.
  • Cristo. Cristo, en el cuadro del Greco, flota impasible entre el gentío, domina sin problemas el centro visual. Sus gestos, su mirada y el rojo de su túnica tienden a expandirse, más allá de su cuerpo.
    En la escena de Goya, el cuerpo de Jesús parece desestabilizado por los empujones de unos y de otros, en un tenso esfuerzo por mantenerse de pie. El blanco de su túnica se apaga oculto por los cuerpos y las sombras. El centro de luz lo comparte con los otros dos que lo cercan, tan brillantes o más que él, lanza incluida. Su rostro refleja cansancio, resignación y derrota. Sus brazos, de alguna manera (no sé como, pues no están visibles), se intuyen presos, incómodos, forzados.
  • La luz. Por ausencia o por presencia, la luz es el indiscutible protagonista de ambos cuadros. En el Greco, vemos su característico despliegue de colores eléctricos, hoy seguramente ennegrecidos, pero que en su momento debieron refulgir como auténticos fuegos de artificio. No sabemos cómo eran los colores que Goya vio en el cuadro del Greco, pero los suyos ya son desde el inicio oscuros y tenebrosos, preparándonos para sus futuras "pinturas negras"; esto es especialmente evidente en el boceto preparatorio expuesto en el Museo del Prado.
Es posible que todo nuestro pensamiento, analítico, interpretativo, se base en un mero contraste de descripciones, como estas. Incluso el conflicto entre el "ser" y el "deber ser" podría explicarse por efecto del diálogo entre las distintas imágenes que componen nuestra ficción: lo que el mundo nos ofrece y lo que nosotros construimos para comprenderlo. 
Aquí tenemos dos ejemplos de miradas que componen un paisaje donde hay algo más que lo evidente, algo que, ironía, tiende a ser más digno de atención.


martes, 31 de enero de 2017

DRÁCULA, DE BRAM STOKER; de Francis Ford Cópola


PROPUESTA DE GUION PARA COMENTARIO

Argumento
  • La devoración: alimento, amor y sexo.
  • La vida y la muerte. La eternidad.
  • La religión, el bien y el mal.
  • La belleza y el monstruo.
  • El triángulo edípico.

Narración
  • Juego de voces narrativas.
  • El cine dentro del cine.
  • Homenaje a las técnicas de montaje de los pioneros del cine.
  • Comparativa con la novela.

Personajes masculinos
  • Drácula.
  • Van Helsing.
  • Jonathan y Renfield.
  • Los tres pretendientes.

Personajes femeninos
  • Mina y Elizabetha.
  • Lucy.
  • Las tres concubinas.

Música y efectos sonoros
(Premio Oscar a los mejores efectos de sonido –Tom McCarthy y David E. Stone –)
(Música compuesta por Wojciech Kilar)
  • Tema del vampiro (“Dracula, the beginings”).
  • Tema de los hombres (“Vampire hunters”, “The hunters prelude”).
  • Tema del embrujo (“The brides”).
  • Tema del baile (“Lucy’s party”).
  • Tema de la tormenta (“The storm”).
  • Tema de amor (“Love remembered”, “Mina/Drácula”, “Love eternal”).

Color y fotografía
(Premio de la Asosiación de Críticos de Chicago a la mejor fotografía –Michael Ballhaus–)
  • Utilización simbólica de los colores.
  • Disposición de los elementos en el plano (contrastes-simetrías).
  • Cortinillas, superposiciones y cambios de plano.
  • Luces y sombras.

Objetos
(Premio Oscar a mejor vestuario –Eiko Ishioka –)
  • Lo humano y lo animal.
  • Naturaleza y ciencia.
  • Espacios, lugares.
  • Complementos, mobiliario.
  • La sangre.

Bibliografía 


 

sábado, 31 de diciembre de 2016

La normalidad. J.K. ROWLING: Harry Potter

El señor y la señora Dursley, que vivían en el número 4 de Privet Drive, estaban orgullosos de decir que eran muy normales, afortunadamente. Eran las últimas personas que se esperaría encontrar relacionadas con algo extraño o misterioso, porque no estaban para tales tonterías.
El señor Dursley era el director de una empresa llamada Grunnings, que fabricaba taladros. Era un hombre corpulento y rollizo, casi sin cuello, aunque con un bigote inmenso. La señora Dursley era delgada, rubia y tenía un cuello casi el doble de largo de lo habitual, lo que resultaba muy útil, ya que pasaba la mayor parte del tiempo estirándolo por encima de la valla de los jardines para espiar a sus vecinos. Los Dursley tenían un hijo pequeño llamado Dudley, y para ellos no había un niño mejor que él.
Los Dursley tenían todo lo que querían, pero también tenían un secreto, y su mayor temor era que lo descubriesen: no habrían soportado que se supiera lo de los Potter.

J. K. Rowling: Harry Potter y la piedra filosofal
"1. El niño que vivió".

Así empieza la serie literaria más exitosa del siglo, que ha marcado la entrada en el nuevo milenio a toda una generación de nuevos lectores. Podría decirse que las personas normales de ahora han crecido mamando internet, mamando móvil y mamando Harry Potter. Estas tres fuentes de alimento se me antojan bastante mágicas.
La novela comienza sentando las bases de la "normalidad". Hay una línea divisoria que, como la linde de Roma, divide a las personas en dos: mágicos y gentiles. La diferencia es nítida: lo misterioso.
Lo normal es aquello que puede ser expuesto, a la vista de todos, fácil y evidente. Lo misterioso está oculto. Curiosamente, esta pareja, orgullosa de exponer abiertamente su normalidad, vive en "Privet", que a mí me suena más a "privado" que a "alheña". Más interpretaciones: él tiene forma de pelota, mientras ella es estirada como una escoba (que cada cual asocie las ideas que quiera). Él se dedica a fabricar taladros: la utilidad; ella se dedica a espiar a los vecinos: la curiosidad. 
Y si atamos cabos, J. K. Rowling, en su labor de novelista y precisamente de estas historias, es una fábrica de taladros (la novela como una trepanación) y una espía de sus personajes, precisamente una espía del mundo oculto de nuestros vecinos mágicos. Para colmo, el deporte favorito de sus personajes es el "quidditch": pelotas y escobas. Y, finalmente, ha conseguido que millones de personas acaben viviendo en Privet Drive (sí, mientras leen se sienten en la alacena-Hogwarts, pero cerrando el libro tienen que soportar el ápero mundo muggle).
Pero la idea principal es precisamente esa división en dos dimensiones. Excluyentes. Uno de los dos mundos ha de ser relegado. Esta familia quiere relegar el mundo mágico. Pero es que también hay magos que pretenden relegar a los no-mágicos. En la última película, Animales fantásticos y cómo encontrarlos, Newt Scamander intenta salvar a criaturas maravillosas que pretenden ser exterminadas por un diluvio de exclusión.
La exclusión del extraño, la alienación, es un método frecuente en muchos niveles de la sociedad: mobbing, bullyng, machismo, clasismo, xenofobia, antisemitismo, anticlericalismo anti-... y ha impulsado cientos de cruzadas, guerras de vecinos, genocidios. Debiéramos considerar que lo "normal" del ser humano es considerar al otro un extraño. El amor a lo propio y el odio a lo extraño. 
Dudley es el amado hijo de esta pareja, síntesis perfecta que aúna las peculiaridades de cada uno en una perfecta normalidad. Si los Dursley tuvieran un segundo hijo, una de dos: o son dos niños iguales, clónicos, igualente normales y sintéticos, o bien son dos niños diferentes (esto es lo más probable, ¿verdad?) y en sus peculiaridades ¿quién aporta la norma? Si uno de los dos niños es visto como representante de la legalidad, ¿en qué lugar queda el otro? Ese otro niño es Harry Potter.
Dos hermanos: uno recibe las bendiciones del padre y el otro su maldición. Uno destinado a la muerte, el otro a la fundación de un imperio. Ahora bien, ¿y si la maldición del padre es precisamente lo que singulariza a cada uno? Esa parte oculta, misteriosa; ese significante indescifrable incluso para uno mismo, pero evidente, incuestionable. ¿Y si se tornan los valores: y si lo normal es la parte mortal de la persona y lo misterioso su parte imperecedera? Pues es normal que los humanos busquen hermanar a los extraños en su propio mundo ideal, y si no se hermanan de grado, por la fuerza, y si ni así, mejor matarlos (por el bien común).
Si los Dursley son el paradigma de la normalidad, deberíamos asumir que cada uno encierra un Harry Potter en la alacena. Para unos la alacena del otro es el pecado que hay que redimir; pero para sí mismos, es la condición de "elegido" que hay que desarrollar. Y cada uno es el trepanador y el espía del otro, no de sí mismo.

–El espejo será llevado a una nueva casa mañana, Harry, y te pido que no lo busques otra vez. Y si alguna vez te cruzas con él, deberás estar preparado. No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir, recuérdalo. Ahora ¿por qué no te pones de nuevo esa magnífica capa y te vas a la cama?

J. K. Rowling: Harry Potter y la piedra filosofal
"12. El espejo de Oesed".

miércoles, 30 de noviembre de 2016

El desengaño. ROSALÍA DE CASTRO.

I
«Tú para mí, yo para ti, bien mío
—murmurabais los dos—;
es el amor la esencia de la vida,
no hay vida sin amor.»
¡Qué tiempo aquel de alegres armonías!...
¡Qué albos rayos de sol!...
¡Qué tibias noches de susurros llenas,
¡Qué horas de bendición!
¡Qué aroma, qué perfumes, qué belleza
En cuanto Dios crió,
 y cómo entre sonrisas murmurabais:
«No hay vida sin amor.»

II
Después, cual lampo fugitivo y leve,
como soplo veloz,
pasó el amor..., la ciencia de la vida...
Mas... aun vivís los dos.
«Tú de otro y de otra yo» — dijisteis luego.
¡Oh mundo engañador!
Ya no hubo noches de serena calma,
brilló enturbiado el sol...
¿Y aún, vieja encina, resististe?, ¿aún late,
mujer, tu corazón?
No es tiempo ya de delirar; no torna
lo que por siempre huyó.
No sueñes, ¡ay!, pues que llegó el invierno
frío y desolador.
Huella la nieve, valerosa, y cante
enérgica tu voz.
¡Amor!, llama inmortal, rey de la tierra,
ya para siempre ¡adiós!

Rosalía de Castro: En las orillas del Sar, 1884

 
UN ANÁLISIS CLÁSICO DE RETÓRICA CLÁSICA EN UN POEMA ROMÁNTICO

1. TÓPICOS.
  • El amor perdido, la juventud perdida.
  • Tempus fugit. En realidad, lo que pasa aquí es el amor, que es tratado como si fuera el tiempo mismo.
  • Ubi sunt. También este tópico aparece aquí invertido: los versos 21-22 preguntan incrédulos por la permanencia de aquello que debiera haber desaparecido.
  • Locus eremus. “Invierno frío y desolador”
  • Contemptus mundi: “mundo engañador”.
2. ESTRUCTURA.
El poema se puede separar en dos partes perfectamente simétricas, engarzadas por cuatro versos de transición (vv. 13-16), más dos versos finales de colofón.
  • I (vv. 1-12). El momento de amor. Expone una clásica estructura enmarcada, en la que los elementos descriptivos (vv. 5-10) se encuadran entre dos elocuciones de los personajes que sirven de estribillo.
  • Interludio (vv. 13-16). Rápido paso del amor, que refuta de súbito las ideas expuestas en la parte anterior.
  • II (vv. 17-28). El desamor. Recupera elementos de la primera parte, pero sin las mismas estructuras simétricas. Dos secciones podemos separar aquí: seis versos de mirada retrospectiva (vv. 17-22) y seis versos de impulso prospectivo (vv. 23-28).
  • Colofón (vv. 29-30). Adiós definitivo al amor.
3. MÉTRICA.
Esta alternancia de versos endecasílabos y heptasílabos, con rima arromanzada, así como el predominio de endecasílabos sáficos, remeda la métrica de lírica elegíaca de Safo. Horacio, Garcilaso de la Vega, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, son los principales testigos de referencia en la tradición clásica y castellana.
 
4. RECURSOS RETÓRICOS.
  • El sujeto lírico. Un recurso muy característico de la poesía es utilizar la referencia en segunda persona para aludirse a uno mismo. Cuando se singulariza, esta segunda persona alude claramente a la mujer, que bien pudiera ser el espejo de la propia Rosalía. Curiosamente, este juego de espejos y figuras desdobladas se usará luego en el cine para evidenciar la división psicológica de personajes atormentados.
  • Paralelismos- quiasmos (vv. 1, 17): “Tú para mi, yo para ti, bien mío”, “Tú de otro y de otra yo –dijisteis luego”.
    Por un lado, juega con la disposición simétrica de la primera y la segunda persona. En el primer verso, se entrelaza con la disposición sujeto/objeto; en cambio, en el segundo el quiasmo es más simple y evidente. Consigue, además, poner en relación la finalidad, “para”, con el altruismo o la alteridad (según se entienda), “otro". Todo esto viene a entretejer el sentido de relación amorosa, en tanto el amor es sentido para uno o en función del otro. Ese otro en el amor vale tanto como el amante (que en el narcisismo quisiera ser uno con el sujeto) o con el tercero en discordia (que da lugar a la típica estructura edípica del triángulo amoroso).
    Por otro lado, el paralelismo provoca la equiparación entre “bien mío” y “dijisteis luego”. En este sentido, insiste en la idea de las palabras vanas y el bien perdido. Pero también, asocia el bien con la elocución, un elemento fundamental en la idea final de este poema.
  • Enumeración, anáfora, paralelismos, quiasmo, antítesis, adjetivos (vv 5-9).
    Lo primero que habría que destacar es la abundancia de elementos que aporta la enumeración, acompañandose por la cantidad de recursos que se acumulan en estos versos. Esto intensifica la sensación de riqueza y plenitud del momento amoroso, un recurso bastante frecuente en literatura a la hora de evocar las alegrías de la juventud. Sin perder de vista el juego elocutivo que hay en el poema, la sobrecarga retórica no sólo busca exponer la juventud, sino el estilo retórico grandilocuente con que lo acompaña.
    Los paralelismos aportan orden y ritmo a esta parte. La vuelven armoniosa y agradable, en contraste con las estructuras sincopadas que vendrán en la segunda parte. Esto es especialmente destacable en el quiasmo del verso 7, que recuerda a las elegantes estructuras garcilasianas. En cambio, el hipérbaton del verso 20 es evidente (claramente enturbiado).
    La primera enumeración (vv. 5-8) desarrolla referencias temporales. La referencia antitética al día y la noche (vv. 6-7) viene enmarcada por alusiones más abstractas “tiempo” (v. 5) y “horas” (v. 9). Esta diferencia está subrayada por el uso de los adjetivos: los términos abstractos carecen de adjetivos, mientras que el día y la noche se acompañan con adjetivos de connotaciones positivas (“albos”, “tibias”, “llenas”). Obsérvese que el adjetivo referido a la luz es un epíteto, mientras que el de la noche se acerca al oxímoron; luego será al revés: la noche tendrá el epíteto (“serena calma”, v. 19) y el sol proporcionará el oxímoron (“brilló enturbiado”, v.20). Toda esta referencia temporal se enreda con valores sensuales de luz y sonido (“armonías”, “sol”, “susurros”) y con valores morales (“alegres”, “bendición”, “belleza”).
    Este juego entre lo sensual y lo abstracto juega con la misma noción de tiempo. Por un lado, el tiempo abstracto que pasa implacable; por otro, el instante sensual, siempre presente, pero confuso y en permanente cambio. En la segunda parte, las referencias al día y a la noche se han desmarcado y están separadas de los versos que se asocian al tiempo. En las comparaciones de los versos 13-14 encontramos adjetivos que expresan ligereza y rapidez, que nos sugieren esa idea de tiempo, pero luego vemos que esas comparaciones se refieren al amor. El amor se ha transformado en tiempo (o al revés, según la ironía que se lea en la metáfora).
    La última enumeración (v. 9) consigue una asociación insólita. La “belleza”, tal cual, como idea, con todas las connotaciones teóricas imaginables, aparece en serie tras dos términos relacionados con el olfato. Probablemente el olfato sea el más sensual de todos los sentidos, pues apenas evoca imágenes de objeto, pero sí evoca vivencias completas en la memoria. Precisamente, no como las referencias a la luz o al sonido, no volverá a aparecer ninguna otra mención al olfato en el poema. Lo que sí se repite, tomando como punto de partida este verso, es el juego de encabalgamientos.
    Tampoco volverá a aparecer la idea de “Dios” (interesante asociación entre Dios, olfato y belleza), aunque sí habrá una última pincelada que evoca la literatura mística y esa “serena calma” (v. 19) de la noche de San Juan de la Cruz, en su célebre poema. Tanto este verso como la referencia al sol como símbolo de la divinidad, están anulados por la negación y por la turbiedad respectivamente.
  • Estribillo (vv. 3 y 12): “No hay vida sin amor”.
    Esta es la culminación de una hipótesis a refutar. Parece una premisa, pero aparece como una conclusión a la que se llega, no sabemos si por la experiencia del amor vivido o por la embriaguez del exceso retórico al que antes aludíamos. Este ideal artístico queda refutado por la experiencia (y por otro estilo comunicativo). El contraste también está señalado en el poema con el juego paronomástico “esencia” / “ciencia” (vv. 3 y 15). La esencia es un término filosófico poco preciso (aunque su significado apunte a la precisión extrema); la ciencia se propone en el Romanticismo como algo frío, poco natural, artificial, irónicamente verdadero. Ese juego de ideal desengañado por el positivismo científico está en la raíz misma del discurso romántico. La balanza que equilibra el ideal y la experiencia es también problemática, y este poema también lo denuncia: el lenguaje.
  • Apóstrofe (v. 18): “¡Oh mundo engañador!”
    No es un recurso baladí, este verso. En primer lugar, es un tópico, lenguaje repetido que se recoge automáticamente desde el discurso, no desde la experiencia. En segundo lugar, establece el principal problema al que se enfrenta el discurso científico: es una personificación, y el problema de atribuir al mundo material las intenciones que se generan en la psicología humana es uno de los principales escollos a los que la ciencia ha de enfrentarse. Finalmente, siendo el ser humano el que se engaña y no el mundo el que engaña a nadie, hay que volver a insistir en la herramienta de sus mentiras: el lenguaje (obsérvese que este verso viene inmediatamente después de la última intervención de los personajes.
  • Pregunta retórica, metáfora (vv. 21-22): “mujer” = “encina”.
    Esta apelación directa continúa el nuevo tono elocutivo de la segunda parte, desde el verso 18. Nuevas apelaciones irán apareciendo hasta el final (vv. 18, 21, 25, 29). En esa insistencia, en esos enunciados más cortos e independientes, la emotividad es también más directa.
    En cuanto a la metáfora, no es casual que esa relación con la luz que ha venido trabajando el poema acabe engarzada con una imagen vegetal. De hecho, el principal mito del amor frustrado es el de Apolo y Dafne, siendo aquí que se sustituye el laurel por una encina. La encina conlleva un simbolismo y unas connotaciones más cercanas y pragmáticas, más realistas, que los elogiosos laureles.
  • Encabalgamientos (vv. 9-10, 21-22, 23-24, 25-26, 27-28).
    Obsérvese cómo prácticamente todos (salvo vv. 25-26) repiten la estructura que aporta el primero. Si este estaba aislado, a partir del verso 21 se vuelve un continuo. Consigue aumentar el juego sincopado que ya de por sí propone la métrica. Contrasta con la tendencia a la esticomitia de la parte narrativa. Consigue llevar al mismo lenguaje, a la misma elocución del poema, la turbulencia del desengaño amoroso del que habla.
    No podemos olvidar, el que verso de referencia propone un juego con la idea de belleza y Dios.  Por un lado, atendiendo al encabalgamiento mismo, la belleza divina se ha convertido en movimiento, valga la redundancia, en transformación (en este sentido, nos recuerda al valor del movimiento que comentamos en “Corrientes aguas puras, cristalinas”, de Garcilaso, también en el soneto de Rilke). Si observamos los términos que propone cada encabalgamiento, suponen una síntesis bastante completa de la estética lírica romántica: belleza (“qué belleza”, v. 9), sentimentalismo (“aún late”, v. 21), impotencia (“no torna”, v. 23), desolación (“el invierno”, v.25), y expresión (“cante”, v. 27).
  • Metáfora final, ironía (v. 29): “amor” = “llama inmortal”.
    La ironía de la metáfora puede ser directamente sarcástica, asumiendo burlesca la imagen más que tópica, manida, de la referencia amorosa. Pero la ironía aquí es aún más fina. Juega con esa alusión a las referencias de luz y sonido que ya había hecho antes. La colocación de esta “llama”  es inmediatamente contigua a las palabras con que termina el verso anterior: “tu voz”. Y el efecto viene trabajado por culminar todo un ejercicio de ritmos sincopados. “Tu voz, amor, llama” y “Amor, llama inmortal”, explota la homonimia que inconscientemente funciona en la función paradigmática al colocar “llama”.
    Una nueva ironía empieza a partir de esta homonimia, fabricando su propia zarza ardiente que no se consume. Como dijimos antes, el amor se transformó en tiempo. El tiempo mismo es un instante que cambia constantemente. La llama es inmortal y el adiós es para siempre. Al poner en el tapete la carta del lenguaje, de la elocución misma, la ironía metafórica se culmina: este poema permanece una y otra vez diciendo adiós. Paradójicamente, aquí, siempre se dice adiós, pero el adiós no se cumple. Así, la metáfora exacta sería el amor es un adiós perpetuo que arde en el fuego del lenguaje (aquí amor y lenguaje son intercambiables, o puede entenderse como  premisa: si el amor es lenguaje, entonces, el amor es un adiós-fuego perpetuo; el lenguaje es un adiós-fuego perpetuo, si el lenguaje es amor).
    “¡Adiós!” es la última nota. Por tanto, no se pierden de vista las reflexiones místicas, a lo romántico, en este poema.
 

viernes, 28 de octubre de 2016

AGUSTÍN FERNÁNDEZ MALLO: Vacuo ejercicio de estilo

29
[vacuo ejercicio de estilo]: te engañas si piensas
que todo llegó inesperadamente,
con una carta indeseada, con una llamada
que no habrías contestado de no haber llevado el móvil,
con el encuentro a las tantas en un bar,
con la cita a la que no acudiste
y hoy acudirías.

Te engañas, viajero.
La soledad es un hábito adquirido.

Pero cada una de esas pistas falsas
detenta un trozo del secreto que te impide
distinguir estos días que, idénticos,
dibujan en el aire el gesto torpe y aburrido
de ese gigante hipertrofiado al que llamas
                             [te engañas viajero]
viajero.


Agustín Fernández Mallo: Joan Fontaine Odisea [mi deconstrucción], 2001-2002.


En este poemario, Agustín aborda de diferentes maneras el concepto de máscara y la deconstrucción de la identidad. Parte, además, de la referencia a Rebeca, de Hitchcock, con su juego de fantasma y suplantación. Aquí, la máscara se sitúa en la dimensión significante-significado de la enunciación, así como el pensamiento pensante-pensado (el mundo es un pensamiento pensado) en la memoria.
Parte del tópico del homo viator. Lo toma como punto de partida, pero al cabo como elemento de negación (luego, como veremos, llegará a un carpe diem*, pero igualmente de forma negativa, imposibilitada). La referencia al viajero sirve también para engarzar en un juego a la segunda persona, que pasa de ser una elocución conativa a una fórmua para hablarse a sí mismo. La compañía entre emisor y receptor se desvanece y queda la soledad de la autorreferencia. ¿Hay algo aquí más que un juego de palabras? ¿Se habla de un viaje o el viajero ha agotado su referencia tópica y no indica nada?
En el poema, las premisas están en el centro, en los dos versos aislados. En torno a ellas se distribuyen dos enumeraciones simétricas o paralelas que parecieran jugar a los espejos. 
  • La primera, una cadena de ejemplos argumentativos, tal vez hipotéticos, tal vez disyuntivos, tal vez acumulativos, es realmente una enumeración, marcada con la anáfora de "con".
    La segunda, merced al juego de encabalgamientos, remeda la cadencia de la anterior, pero no es una enumeración, sino una suerte de cadena lógica, sintáctica, acaso metonímica**, que deriva desde el significante falso para el receptor ("pistas") al significante falso para el emisor ("llamas"). La cadencia viene articulada por la colocación anafórica de los verbos ("detenta", "distinguir", "dibujan"). 
  • La primera serie se sitúa en el ámbito de lo cotidiano, con expresiones coloquiales como "a las tantas".
    La segunda serie desarrolla un paisaje esencial-existencial con palabras cultas como "hipertrofiado". 
  • La primera está impregnada de sentimiento (sorpresa, deseo -"indeseado"-, arrepentimiento).
    La segunda deja en los verbos citados la relación con el conocimiento, y en los adjetivos una fatal condición: identidad, torpeza y aburrimiento. ¿Hay realmente un juego de especulación para asociar estos conceptos?
Las premisas centrales son, de por sí, engañosas. Por lo pronto, ¿son una o dos? Es decir, ¿hay relación entre ese autoengaño y la condición de la soledad? ¿Acaso se engaña en que la soledad es un hábito adquirido? La relación entre la premisa central y el primer verso, ¿es tal o también es engañosa? Al fin y al cabo "te engañas si piensas".
Cuando la soledad es un hábito (ya) adquirido -narcisismo-, parece ser independiente de los factores externos. Lo que  pretendía ser causa (relación física-psicológica) bien pudiera ser meramente una excusa, un pretexto (relación lingüística-psicológica) ficticio. Así, el yo sería el resultado del engaño. El sujeto del engaño dice no ser el yo.
Pues este galímatías puede girar en torno a algo más sencillo en el que el individuo se vuelve una órbita fantasma (máscara). En este poema parece que la dialéctica sucede realmente entre los sucesos de un hipotético pasado y la realidad de estos días. Que existieran aquellos días está por demostrar. Que este momento no sea únicamente este e indefinidamente este momento, realmente idéntico, que el relato (cuyo engañoso sujeto ¿es el yo? y cuyo engañado resultado ¿es el yo?) se empeña en distinguir de otros (ficticios), ¿es o no un engaño? ¿Viajamos o no, en el tiempo, en el relato?
*carpe diem... La única realidad es el día, y sus habitantes son vacuos ejercicios de estilo.

**acaso metonímica... Si aplicamos a la segunda serie la posibilidad disyuntiva de la primera, separando los versos, la sintaxis resultante ofrece diferentes variantes combinatorias. Por ejemplo: "Cada una de estas pistas falsas distinguen estos días que idénticos", "un trozo del secreto que te impide dibujar en el aire el gesto torpe y aburrido", "estos días que idénticos de este gigante hipertrofiado". Esta variabilidad propone cambios sutiles de mundo, algo que no sucede en la cadena primera (diferentes hechos confirman el mismo mundo). En cierto modo, el paisaje del pasado es engañosamente claro, discernible, irrelevante; el segundo paisaje está en encerrado movimiento de posibilidades.