domingo 5 de junio de 2011

El YO: El traje nuevo del emperador.

Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores estuvieron levantados, con dieciséis lámparas encendidas, para que la gente viese que trabajaban activamente en la confección de los nuevos vestidos del Soberano. Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hebra; finalmente, dijeron: -¡Por fin, el vestido está listo!
Llegó el Emperador en compañía de sus caballeros principales, y los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:
-Esto son los pantalones. Ahí está la casaca. -Aquí tienen el manto... Las prendas son ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo, mas precisamente esto es lo bueno de la tela.
-¡Sí! -asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no veían nada, pues nada había.
-¿Quiere dignarse Vuestra Majestad quitarse el traje que lleva -dijeron los dos bribones- para que podamos vestirle el nuevo delante del espejo?
Quitose el Emperador sus prendas, y los dos simularon ponerle las diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Y cogiendo al Emperador por la cintura, hicieron como si le atasen algo, la cola seguramente; y el Monarca todo era dar vueltas ante el espejo.

H. C. Andersen: El traje nuevo del emperador (1837)


Bien mirado, el yo es una máscara invisible, que todos nos empeñamos en mostrar y que todos nos empeñamos en ver en los demás; cuando, en realidad, siempre estamos desnudos unos ante otros. Podemos decir, que el que ve yos, no ve nada, no ve realmente a la persona detrás de la máscara (expresión redundante donde las haya). Reconocer que conozco al otro, es reconocer que pueden conocerme, que me ven en mi "intimidad". Sería, pues, lo contrario de la soledad, por eso nos ponemos este vestido invisible, para garantizarnos la sensación de una soledad ilusoria, de una intimidad menos transparente.
Muchos han visto en este relato un trasunto de las imposiciones culturales, de las falsas verdades aceptadas por consenso, de la estupidez... del teatro del mundo y de la impostura social. Todo ello puesto en evidencia por la mirada inocente del niño (o del negro, pero siempre en consonancia con la idea del "buen salvaje"). Mirémoslo ahora de otro modo. Veámoslo con ironía: pensemos que los embaucadores no son tales embaucadores, sino que son verdaderos artistas:
Los dos tejedores le preparan al rey un vestido hecho sólo de palabras. Ya hablamos otra vez de la consemancia "tejido" = "texto". El ser humano que no pueda ver que su verdadero vestido está hecho de palabras, efectivamente, o no está preparado para ser un ser humano (no es apto para su cargo), o es estúpido. ¡Claro que el niño no está preparado para su cargo: tiene que ser educado!
En la versión de don Juan Manuel, seguramente más cercana a la original, la incapacidad de ver el tejido denota "no ser hijo de su padre". Esta idea es fundamental en la sociedad occidental: tanto en los mitos griegos, como en la tradición cristiana, el héroe no es hijo de su padre, sino hijo de Dios. Aquí la ironía es mayor, porque cuando todos se sienten ciegos, lo que nos dice el texto es que no hay nadie que sea hijo del padre que cree ser su padre, tal como es. Sin embargo, todos se esfuerzan en "revestir" al rey, para que el rey no sea rey, para que yo no sea yo, sino su vestido. Quiero decir: todos deberían asumir que, al no ver el tejido, no son hijos de quien creen ser; por dogma eso debería estar asumido por la fe, pero no lo está. Prefieren el yo cotidiano, mundano, que la identidad trascendente.
El yo es un traje hecho con palabras: nuestra historia. Presumir de ese traje es absurdo, pues no es realmente lo que somos, sino una narración, que podría narrarse de otro modo. Ahora bien: en la medida en que nos involucramos en esa historia, eso somos. Por tanto, no tiene sentido obviarlo. Es por eso, que hemos de seguir en esa postura de que vemos lo que en realidad no se ve o somos lo que en realidad no somos. Porque no es ya la historia que tenemos contada, sino la historia que estamos contando.  

Et desque las gentes lo vieron assí venir et sabían que el que non veía aquel paño que non era fijo daquel padre que cuidava, cuidava cada uno que los otros lo veían et que pues él non lo veía, que si lo dixiesse, que sería perdido et desonrado. Et por esto fincó aquella poridat guardada, que non se atrevié ninguno a lo descubrir, fasta que un negro que guardava el cavallo del rey, et que non avía que pudiesse perder, llegó al rey et díxol’:

-Señor, a mí non me enpeçe que me tengades por fijo de aquel padre que yo digo, nin de otro, et por ende, dígovos que yo só çiego, o vós desnuyo ides.
El rey le començó a maltraer diziendo que porque non era fijo daquel padre que él cuidava, que por esso non veía los sus paños.

Infante don Juan Manuel: El Conde Lucanor (siglo XIV)


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