domingo, 9 de febrero de 2014

Silvia Plath: TRES MUJERES

SEGUNDA VOZ:
Cuando lo vi por primera vez, la pequeña hemorragia roja, no lo creía.
Miré a los hombres andar a mi alrededor en la oficina. ¡Eran tan planos!
Había algo en ellos como de cartón, y ahora lo captaba
esa plana, plana insulsez de donde ideas, destrucciones,
aplanadoras, guillotinas, salas blancas de chillidos, proceden,
sin fin proceden – y los ángeles blancos, las abstracciones.
Me senté en mi escritorio, con las medias puestas, los tacones altos,

y el hombre para quien trabajo se rió: “¿Qué has visto tan terrible?
Estás tan pálida, de repente”. Y no dije nada.
Vi la muerte en los árboles pelados, una privación.
No lo podía creer. ¿Es tan difícil
para el espíritu concebir una cara, una boca?
Las letras proceden de esas teclas negras y las teclas negras proceden
de mis dedos alfabéticos, ordenando partes,

partes, pedacitos, engranajes, los brillantes múltiplos.
Muero mientras estoy sentada. Pierdo una dimensión.
Los trenes rugen en mis oídos, ¡partidas, partidas!
La
plateada vía del tiempo se vacía en la distancia,
el cielo blanco se vacía de su promesa como una copa.
Éstos son mis pies, estos ecos mecánicos.
Tap, tap, tap, clavijas de acero. Me encuentro queriendo.

Ésta es una enfermedad que llevo a casa, esto es una muerte.
Otra vez, esto es una muerte. ¿Es el aire,
las partículas de destrucción lo que absorbo? ¿Soy un pulso
que mengua y mengua, cara al ángel frío?
¿Es éste mi amante entonces? ¿Esta muerte, esta muerte?
De chica amé un nombre carcomido de hongos. 

¿Es éste el único pecado entonces, este viejo amor muerto a la muerte?

Sylvia Plath: Tres mujeres, 1962


"Flat", planos, sosos, insulsos, apagados... es uno de los conceptos recurrentes a lo largo de este poema. "Flat men", los hombres, con sus inerciales hábitos, sus conversaciones asentadas, sus incuestionados oficios, su sociedad autónoma, su discurso establecido, se dejan llevar (ni siquiera hay decisión en ese dejarse) por algún pretendido discurrir de sucesos. La rutina del deber ser.  El caminito de la causa y la consecuencia. La estantería por la que desfila el paisaje de los objetos. 
La mujer (como querrían decir, no "esta mujer", la mujer de esta voz, la mujer de este verso, esta palabra, como si la unicidad de esta mujer estuviera reñida con que otras también son la mujer) vive separada del objeto. Hay entre ella y el objeto una extrañeza sorprendente. Hay una vivencia del objeto como ella misma (y no un objeto). Ambas vivencias deberían ser imposibles de simultanear; pero eso sólo es imposible para el plano discurso del hombre. La realidad es increíble.
Es por eso que el hombre prefiere sus herramientas, cuyas consecuencias son fáciles de discernir. 
I am a mountain now, among mountainy women.
The doctors move among us as if our bigness
Frightened the mind. They smile like fools.
They are to blame for what I am, and they know it.
They hug their flatness like a kind of health.
And what if they found themselves surprised, as I did? 

They would go mad with it. 
El lenguaje del hombre es también una herramienta; pero esto es falso. El hombre la utiliza, cierto; pero también es. Por eso piensa que su ser es útil, tiene sentido; pero esto es falso, es pensar con ideas de causa y consecuencia.
No es por eso, ni por eso nada. (Se piensa el lenguaje como excluyente en su designación; no se piensa, se dice y se dice a lo dicho; en el pensamiento queda el resto de asociaciones, no pensadas, dirían, pero ahí realmente).
Voices stand back and flatten. Their visible hieroglyphs
Flatten to parchment screens to keep the wind off.
They paint such secrets in Arabic, Chinese!

 

I am dumb and brown. I am a seed about to break.
The brownness is my dead self, and it is sullen:
It does not wish to be more, or different.
Dusk hoods me in blue now, like a Mary.
O color of distance and forgetfulness!
-- 
When will it be, the second when Time breaks
And eternity engulfs it, and I drown utterly?

I talk to myself, myself only, set apart-- 

Swabbed and lurid with disinfectants, sacrificial.
Qué sucede entonces cuando el objeto es la muerte. El hombre, acostumbrado a hablar de la muerte como habla de sus zapatos, de sus guantes, del martillo o la necesidad de reunir a los vecinos en la reparación de la vía pública, ¿de qué habla cuando habla de la muerte? En su pensamiento y en sus estadísticas fácilmente deduciríamos que no hay muerte ni hombres que hablen o mueran.
Pensemos en la mujer que escoge sus zapatos, ese día, ese momento, y sus zapatos son la muerte. Viste sus zapatos de muerte. Pensemos en la mujer que reconoce ante sí la muerte y habla con ella, y habla de ella, y es ella hablando. Pensemos en la mujer que vive la muerte, ella que debiera ser la creación (así piensan los hombres, que difícilmente separan mujer de maternidad, maternidad de alimento, alimento de mujer, y asociaciones que dejan en el discurso y que ni ellos mismos creen ni mucho menos viven -"eat them, eat them, eat them in the end"-), ella viva en la que habita la muerte. Ella muere, pero ella misma no muere.
I see myself as a shadow, neither man nor woman,
Neither a woman, happy to be like a man, nor a man 

Blunt and flat enough to feel no lack. I feel a lack.
La muerte, que tiene esa relación con ella por su condición de mujer, como no tendría esa relación con otro tipo de ser humano. Ya no es la palabra en los temas de conversación. No es el significado funcionando. Realmente es ella. Es la muerte y es ella. Es ella, no-muerte. Y obsérvese que no se habla de dolor; no hay mención al dolor. Hay el amor extraño de la muerte: esa manera de amar arrebatando.


Mejor en el original:

SECOND VOICE:
When I first saw it, the small red seep, I did not believe it.
I watched the men walk about me in the office. They were so flat!
There was something about them like cardboard, and now I had caught it,
That flat, flat, flatness from which ideas, destructions,
Bulldozers, guillotines, white chambers of shrieks proceed,
Endlessly proceed--and the cold angels, the abstractions.
I sat at my desk in my stockings, my high heels,

And the man I work for laughed: 'Have you seen something awful?
You are so white, suddenly.' And I said nothing.
I saw death in the bare trees, a deprivation.
I could not believe it. Is it so difficult
For the spirit to conceive a face, a mouth?
The letters proceed from these black keys, and these black keys proceed
From my alphabetical fingers, ordering parts,

Parts, bits, cogs, the shining multiples.
I am dying as I sit. I lose a dimension.
Trains roar in my ears, departures, departures!
The silver track of time empties into the distance,
The white sky empties of its promise, like a cup.
These are my feet, these mechanical echoes.
Tap, tap, tap, steel pegs. I am found wanting.

This is a disease I carry home, this is a death.
Again, this is a death. Is it the air,
The particles of destruction I suck up? Am I a pulse
That wanes and wanes, facing the cold angel?
Is this my lover then? This death, this death?
As a child I loved a lichen-bitten name. 

Is this the one sin then, this old dead love of death?

Sylvia Plath: Three women, 1962

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