domingo, 10 de mayo de 2015

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA. Gabriel García Márquez

El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. «Siempre soñaba con árboles», me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años después los pormenores de aquel lunes ingrato. «La semana anterior había soñado que iba solo en un avión de papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los almendros», me dijo. Tenía una reputación muy bien ganada de interprete certera de los sueños ajenos, siempre que se los contaran en ayunas, pero no había advertido ningún augurio aciago en esos dos sueños de su hijo, ni en los otros sueños con árboles que él le había contado en las mañanas que precedieron a su muerte.

Gabriel García Márquez: Crónica de una muerte anunciada

Las grandes obras lo son desde su inicio. Desde este primer párrafo, ya se "anuncia" lo que va a ser recurrente a lo largo de la novela.
  • La muerte anunciada en la octava palabra del libro, podría haberse sospechado ya desde la misteriosa intimidad del propio Nasar. El Destino se deslizaba en sus sueños y un buen interpretador -como presumía ser su madre- podría haberlo leído. Precisamente la madre está ciega al íntimo destino de su hijo.
  • Interpretación fallida: nuestro pensamiento es literario en los sueños. El sueño es a Santiago como esta novela es a nosotros. ¿Sabremos interpretar lo que se desliza en el lenguaje literario de esta novela?, o con nuestros recurrentes fracasos demostramos lo difícil que es de aprender lección alguna.
  • Ingenuidad vs. impotencia. Todos los personajes de la novela dan la sensación de que se mueven cándidamente. Vuelan creyendo que jamás se toparán con los hermosos almendros que en invierno florecen. Sólo el lector sabe. Curiosamente el lector es cada personaje mismo, rememorándose, para luego narrárnoslo a nosotros. Y el proceso invertido comienza desde nosotros: hasta nuestra ingenuidad como lectores-vividores.
  • El almendral de las convicciones. En el bosque de la moral, al tropezar con un árbol, unos personajes vuelcan su caída sobre otros. Santiago acaba debajo y muere por asfixia. La presunción de inocencia, la virginidad, la venganza, el matrimonio, la visita del obispo, etc. Todos creen ejecutar su convicción como "debe ser"; pero uno mismo es su casa de herrero con cuchillo de palo y, en el momento del acto ideado, qué sino torpe frustración.
  • Ciertamente, el proceso de la ficción suele ser al revés. Aquí, en cambio, partimos desde la cagada de pájaro para recuperar el paraíso perdido de los higuerones. Porque nuestra historia, también una ficción, sigue la lógica implacable de un solo sentido. Cierto que, al terminar la lectura, hacemos otro rápido viaje de regreso, desde el símbolo de la muerte hasta la realidad inefable de nuestra rutina (o acaso ambos mundos -siendo que los sueños realmente no significan nada- estén separados por un χωρισμός)
Y si desmenuzamos, tal vez encontremos más. Cuando elegimos la mirada fractal, es fácil perderse en un bosque.


domingo, 26 de abril de 2015

Narcisismo. PESSOA

Si recuerdo quién fui, a otro veo.
y el pasado es un presente en el recuerdo.
Quien fui es alguien que amo,
aunque sea sólo en ese sueño.
La nostalgia que la mente aflige
no es mía ni del pasado visto,
sino de quien habito
tras de los ojos ciegos.
Nada, salvo el intante, me conoce.
Mi mismo recuerdo no es nada, y siento
que quien soy y quien fui
son sueños diferentes.

Ricardo Reis - Fernando Pessoa 

"Nadie nació tantas veces como
Fernando Pessoa" (Martín López-Vega
Fuera de la memoria no hay nada. Mientras podemos recordarlo, confiamos en que el suelo bajo nuestros pies seguirá dispuesto a nuestros pasos, incluso aunque mientras caminemos no pensemos en ello. Todos los seres y objetos del mundo que aún no ha sido descubierto, ahí están, actuando. Lo admitiré, recibo su influencia, ya que no aún su conocimiento. Pero asumámoslo: esa certeza es también una fantasía. Nada que no esté siendo elaborado en nuestro imaginario funciona en lo que conscientemente somos ni consideramos. Y, al revés, sólo con imaginarlo, ya funciona.
En la medida en la que uno mismo se desconoce, no sabe todo de sí, no recuerda todo de sí, ¿a quién recuerda, qué imagina? Conocemos al objeto; pero ¿cómo conocer al sujeto que conoce? Y si nos conocemos, ¿qué sabemos realmente del conocer mismo?, y acabaríamos por concluir que tampoco podemos conocer los objetos. Y llegados a este punto, pronto olvidamos, seguimos andando, obrando y opinando, seguros de no caer en error. Seguros de que sabemos.
No soy quien recuerdo, sino el que me recuerda; y, a ese, difícilmente puedo conocerlo. El que me recuerda piensa en mí como piensa en cualquier otra cosa. Piensa en mí pensando, y ese bosque de recuerdos quiero ser yo. Yo, su consencuencia, ni quiero ni recuerdo. Me imagino queriendo y recordando porque así me recuerda y así me imagina, tal como imagina y recuerda, y quién sabe si quiere, otras cosas.
Yo soy el objeto de otros, que me quieren y me recuerdan y me piensan. Yo, eso, lo he olvidado. Yo creo ser yo pensando, recordando, olvidando, queriendo. Pero, al olvidar, en mi, ya no queda lo olvidado. Lo olvidado es otra vez el suelo que confiamos en pisar sin querer acordarnos. Ese que piensa y quiere realmente, tal vez sí recuerde. ¿Cuántos olvidos puede estar recogiendo? Yo soy un olvido fundamental. ¿Cuántos más soy habiendo olvidado que somos olvido?
Así como de las paredes espumosas surgen a veces máscaras. Yo sea esa máscara, creyendo estar del lado de la autenticidad y no de la máscara. Quizá no sea la única y me crea la única máscara. Podría ser solo una de las muchas espumas emergentes que se creen la única máscara. Y detrás de la máscara no estoy yo, por supuesto, sino un mar no conocido, que ni pretende ser mar, ni máscara, ni nada.
Hoy no pienso, hoy parafraseo. Hoy mis pensamientos se escriben al dictado del día, al dictado de otro que piensa y escribía al dictado. Fantaseo con que es el instante quien dicta. Este instante imposible que es común a ambos. Ambos cruzamos por él un gesto, una marca, una puerta abierta a la ignorancia.

Se recordo quem fui, outrem me vejo,
e o passado é um presente na lembrança.
Quem fui é alguém que amo
porém  somente em sonho.
E a saudade que me aflige a mente
não é de mim nem do passado visto,
Senão de quem habito
por trás dos olhos cegos.
Nada, senão o instante, me conhece.
Minha mesma lembrança é nada, e sinto
que quem sou e quem fui
são sonhos diferentes.


Ricardo Reis - Fernando Pessoa

domingo, 19 de abril de 2015

ASESINATO y TABÚ. Patricia Highsmith: El talento de Mr. Ripley

    Tom se puso tenso. Era como un gramófono que estuviese sonando dentro de su cabeza, como un pequeño drama que se estuviera representando allí mismo, en la sala de estar, sin que él pudiera hacer nada para interrumpirlo. Podía verse a sí mismo de pie, junto a las enormes puertas que se abrían al vestíbulo principal, hablando con la policía y con míster Greenleaf. Podía oír su propia voz y ver que le creían.
    Pero lo que parecía aterrorizarle no era aquel diálogo, ni la alucinante creencia de haberlo hecho (porque sabía que no era así), sino el recordarse a sí mismo de pie ante Marge, con el zapato en la mano e imaginándose todo aquello de un modo frío y metódico. Y el hecho de que hubiese sido la tercera vez. Las otras dos veces eran hechos, no frutos de su imaginación. Podía decirse que no había querido hacerlo, pero lo había hecho, ésa era la verdad. No quería ser un asesino. A veces llegaba a olvidarse por completo de que había asesinado. Pero a veces, como le estaba sucediendo en aquellos momentos, le resultaba imposible olvidar. Sin duda, aquella noche lo había conseguido durante un rato, al pensar sobre el significado de las posesiones y sobre por qué le gustaba vivir en Europa.

Patricia Highsmith: El talento de Mr. Ripley, capítulo 26

Se dice "instinto asesino". Si realmente existieran los instintos, habría que asumir que todos los humanos estamos impregnados de ese impulso. Ejemplos a favor encontramos en la agresiva rivalidad sexual de los mamíferos masculinos o, sin más, la rutina depredadora que, como simios de mirada binocular, debiéramos comportar. Argumentos en contra debiera de proponer la ciencia genética, que daría dudosa viabilidad a la teoría de los instintos.
Si no es instinto, el impulso asesino y su represión queda a cargo de la educación o de la formación del individuo. Los niños no tienen compasión con sus juguetes, con moscas y lagartijas. Los celos infantiles tienen una fuerza mitológica. No pueden matar porque no tienen fuerza o habilidad suficiente; para cuando la tengan, posiblemente ya han interiorizado que su sociedad más cercana no lo permitiría fácilmente. 
La cultura no siempre ha tratado igual el asesinato. Pronto apareció, suponemos, un "no matarás"; sin embargo, tardaron en desaparecer los sacrificios, las ejecuciones, las guerras. Hay ciertas situaciones donde algunas culturas siguen tolerando el asesinato como acto. Hay contextos culturales donde se sigue recurriendo al asesinato como idea. En la ficción, parece un recurso imprescindible.
Así pues, en esas dimensiones múltiples que habita el ser humano, aún estamos en esa conquista del tabú ancestral: desde que nace, el asesinato forma parte de sus naturalezas.

En este fragmento de la novela se resalta la irrealidad del acto asesino. El personaje fantasea con la posibilidad de asesinar, además, recuerda haber asesinado. Por otro lado, comprueba que en esta ocasión no lo ha hecho, además fantasea con la sensación de haber olvidado y fantasea las convincentes explicaciones que daría para demostrar que no hubiera asesinado cuando lo hubiera hecho realmente. 
El confuso juego de realidad-ficción al que nos lleva el personaje se adereza con la sensación de frialdad o normalidad con la que Tom vive el asesinato. No hay rastro del pretendido tabú; sólo el peligro claro de ser descubierto. 
Un elemento aún más importante: "sin que él pudiera hacer nada para interrumpirlo". El asesinato hubiera sido en ese momento el recurso desesperado (tanto como lógico) de una secuencia de hechos que no puede controlar. Tampoco puede controlar su propia fantasía y emotividad (ahora podría delatarle), cuando su primer asesinato, el de Dickie, sí que fue impulsado por su emotividad. Llegado el momento, ¿qué detendría al asesino que sabe a ciencia cierta que puede salirse con la suya?¿El tabú nos controla acaso sin que podamos evitarlo? Si fuera así, ¿de dónde viene?, porque tabú no es instinto ni es exactamente razón. El tabú es una fantasía social o cultural que da al acto su carácter reprobable, criminal, prohibido, imposible.
Y lo más terrible -hoy me parece de este áspero asunto- ¿dónde situar al sujeto de la decisión? El que asesina cuando la lógica de los hechos se impone, ¿qué margen no le debe a la determinación de los hechos? El que se reprime tan sólo por la eficacia del tabú, ¿qué margen no le debe a la determinación del tabú?

    Con un gesto brusco, se volvió sobre un costado, y apoyó los dos pies en el sofá, sudando y temblando, preguntándose qué le estaba pasando, qué le había pasado; si al día siguiente, al ver a míster Greenleaf, empezaría a soltar una serie de incoherencias sobre Marge cayéndose en el canal y él gritando para pedir ayuda, luego tirándose al agua sin poder encontrarla. Aunque Marge estuviera allí con ellos, temía perder el control de sí mismo y delatarse como un maníaco.

Patricia Highsmith: El talento de Mr. Ripley, capítulo 26

domingo, 12 de abril de 2015

El doble. PATRICIA HIGHSMITH: El talento de Mr. Ripley

Se sentía solo, pero en modo alguno triste. Era una sensación muy parecida a la que había experimentado en París, la víspera de Navidad, la sensación de que toda la gente le estuviera observando, como si el mundo entero fuese su público, una sensación que le hacía estar constantemente en guardia, ya que una equivocación hubiera sido catastrófica. Y, con todo, estaba absolutamente seguro de que no cometería ninguna equivocación, y ello sumergía su existencia en una atmósfera peculiar y deliciosa de pureza, igual que la que probablemente sentiría un gran actor al salir al escenario a interpretar un papel importante con la convicción de que nadie podía interpretarlo mejor que él. Era él mismo y, sin embargo, no lo era. Se sentía inocente y libre, pese a que, de un modo consciente, planeaba cada uno de sus actos. Pero ya no sentía cansancio después de varias horas de fingir, como le había sucedido al principio. No tenía necesidad de relajarse cuando estaba a solas. Desde que se levantaba y entraba a cepillarse los dientes en el baño, él era Dickie, cepillándose los dientes con el brazo derecho doblado en ángulo recto, Dickie haciendo girar con la cucharilla los restos del huevo pasado por agua que tomaba para desayunar. Dickie, que, invariablemente, volvía a guardar en el armario la primera corbata que había sacado, poniéndose otra en su lugar. Incluso había pintado un cuadro al estilo de Dickie.

Patricia Highsmith: El talento de Mr Ripley. Capítulo 15
 
La falta de autenticidad de nuestro propio yo es fácilmente demostrable. Antropológicamente, las distintas culturas son fruto de semejanzas notables de carácter y hábitos; pues otros no serían aceptados o resultarían incómodos. Y así esa freaseología popular que dice "de tal palo tal astilla" o que "Dios los cría y ellos se juntan"; y otros dichos que, de repetidos, viene a confundirse con el saber (pensar que yo sé porque repito las frases de otro es como pensar que soy porque repito las formas y existencia de otro).
Por otro lado, el teatro del mundo es un tópico bien popular en el barroco europeo. El matiz de la persona como "máscara" es aún más antiguo. Desde un personaje nos observamos componiéndonos como otro personaje. Pero lo más frecuente es que, una vez dentro, lo normal es olvidar que hemos pasado de un personaje a otro, y pensamos que ese es siempre nuestro auténtico yo (pues es propio del yo ignorar su inautenticidad). Si uno contemplara la secuencia de sus máscaras, se indignaría por sus incoherencias y contradicciones, o simplemente las obviaría. Es lo que hacemos con los demás: nos indignamos porque olvidamos que no siempre son la misma persona, pensamos que se contradicen. Es lo que hacemos con nosotros mismos: nos obviamos porque sólo atendemos al personaje actual, pensamos que somos coherentes. Y en nuestro juicio (indignación u obviedad) incluso en nuestra sensación de prudencia: estamos absolutamente seguros de no cometer ninguna equivocación.
Nuestra humildad tiene la soberbia de creer que somos verdaderamente humildes. Y sin embargo es esa soberbia la que se mantiene en cada acto. Entenderemos aquí soberbia como ceguera, en la que no vemos los diferentes personajes que ocupamos. Creemos que sí, que el que piensa cuando está tumbado en el sofá es el mismo que piensa cuando está sentado ante su ordenador escribiendo. Creemos que uno tiene noticia del otro, que lo recuerda; pero lo más probable es que no sea así. La memoria es selectiva y, selectiva como es, no puede dar cuenta del ser que en ese momento decide no recordar. ¿Cómo, si no, el esfuerzo y la desgana con la que a veces pasamos de un papel a otro?: es como el actor que reconoce que ese otro no es exactamente su yo, sino otro personaje, y tiene que componerse, que disfrazarse. Una vez disfrazado, vuelta empezar.
La devoción con la que imitamos a nuestros ídolos, con la que copiamos sus detalles, con la que doblamos a un personaje, es parecida a la devoción con la que nos repetimos a nosotros mismos. Adoramos nuestra tristeza, nuestra desidia, nuestros gestos y rutinas con un narcisismo no reconocido, porque nunca recordamos que es a otro personaje al que una vez más queremos usurpar. Siempre creo que no es otro personaje, sino que soy realmente yo, y que siempre es así como soy y como hago las cosas. Incluso que es mi decisión.

Asimismo, con mi mejor italiano, les puse al corriente de que tú y Tom sois inseparables y les dije que no podía comprender cómo habían podido dar contigo sin dar con Tom.

Patricia Highsmith: El talento de Mr Ripley. Capítulo 19

domingo, 8 de marzo de 2015

Dostoyevski: EL ADOLESCENTE. La postmodernidad

He tenido como camarada a un cierto Lambert que me decía ya a los dieciséis años que, cuando fuera rico, su mayor placer consistiría en alimentar a perros con pan y carne cuando los hijos de los pobres estuvieran muriéndose de hambre y que, cuando no tuvieran con qué calentarse, él compraría todo un pedazo de bosque, lo transportaría al campo abierto y caldearía el aire, sin dar a los pobres ni una sola ramita. ¡He ahí los sentimientos que él tenía! Pues bien, díganme ustedes qué podré responder a ese canalla pura-sangre si me pregunta: «¿Por qué hace falta en forma alguna ser virtuoso?» Y sobre todo en nuestra época, que ustedes han hecho de esta manera. ¡Puesto que las cosas nunca han ido peor que hoy, señores! La situación no está del todo clara en nuestra sociedad. Ustedes niegan a Dios, niegan la santidad; ¿cuál es entonces  la rutina, sorda, ciega y obtusa, que puede obligarme a obrar de una determinada manera, si me resulta más ventajoso obrar de otra? Ustedes dicen: «Obrar razonablemente hacia la humanidad es también obrar en mi propio interés.» Pero ¿qué pasa si yo encuentro irrazonables todas esas cosas razonables, todos esos cuarteles, esas falanges? ¿Qué tengo yo que hacer con todo eso, qué tengo yo que ver con eso y con el porvenir de ustedes, si no tengo más que una vida que vivir? Que me dejen saber a mí mismo cuál es mi propio interés: extraeré más placer de eso. ¿Cómo voy a interesarme por lo que sucederá en vuestra humanidad de dentro de mil años, si vuestro código no me concede a cambio ni amor, ni vida futura, ni patente de virtud?

Fiódor Dostoyevski: El adolescente (1875), Capítulo 3, IV.

La sociedad Lambert. Ese pura-sangre es un "canalla", que obra con sadismo consciente. Pero su propuesta no dista mucho de la economía occidental actual (quizá simplemente ingenua). Bombones, cafés, tabaco y otros lujos, en Europa son meras golosinas. Pero en los lugares de producción son monocultivos de cacao y otras hojas poco nutritivas, eso sí, tentadoramente ¿rentables?
Europa es como un señor feudal con respecto a sus antiguas colonias. La gigantesca agricultura destinada a fabricar piensos, para nuestras hamburguesas o para nuestras mascotas, a las que no renunciaremos; la pesca casi de exterminio, para alimentar a las piscifactorías; la agresiva minería, para productos electrónicos efímeros que luego se devulven a (aquella) tierra en forma de residuos; ... todo eso se sabe.
Suena demagógico, pero ser Europeo (escribir en un blog) es caro.

La decadencia del imperio. Se dice que el Imperio Romano se fue corroyendo por su propia prosperidad y el coste de tanta ciudadanía. A su alrededor se movían culturas más sencillas, con creencias más sencillas, hambrientas de la prosperidad romana y al mismo tiempo nutridas por el desarrollo que exudaba Roma.
Desde estos finales del siglo XIX viene cocinándose el espíritu decadente del imperio occidental. Su prosperidad sostiene a cada vez más ciudadanos cada vez más cómodos, más individualistas, más relativistas en sus ideas. Lo que se ha llamado Postmodernidad. Un terreno arado para quienes se sienten con convicción oprimidos, excluídos. La apatía de un occidental contrasta con el profundo sentimiento de un ser que sufre y que se sostiene en su sufrimiento gracias a alguna idea, que convertirá en su patria.

La arrogancia utópica. El siglo XX pudiera considerarse como una enciclopedia de utopías puestas en marcha, de convicciones revolucionarias llevadas al acto, de métodos tan diversos como los soviets, el fascismo, la no-violencia o el terrorismo. Yo, personalmente, poco temo más que una idea salvadora. A todos los niveles cada vez me molesta más cualquier cosa que suene a "solución".
Y en qué quedan todas esas utopías. El capitalismo se impone, una y otra vez a lo largo de la historia. Cuenta con la ventaja del goce y la renovación de cada generación (que empieza desde cero). Y llegados a ese punto, los vemos engordar y languidecer con sus derechos conquistados por ancestros que no se recuerdan. Veo en ellos la ejecución de mi propio relativismo acomodado, posmoderno.

El estudio del yo. En la mayoría de los casos, intentar imponer una solución genera nuevos problemas. No todos están dispuestos a asumir la solución de otros. A veces propongo (absurda utopía) que, si todo el mundo, en vez de actuar tanto, se dedicara simplemente a estudiar, se evitarían muchos problemas (no todos, claro). Pero, ¿quién está dispuesto a estudiar?; posiblemente estudiar sea la actividad menos gozosa del repertorio humano. 
Cualquier goce es más urgente, por no hablar de las necesidades. Y ¿es que gozar no es una forma de estudio? El que satisface su placer, ¿no está ejecutando la esencia de lo que es, cumpliéndose, investigándose? El que lleva al acto una idea, ¿no está ejecutando la esencia de lo que es, cumpliéndose, investigándose? Así como el que estudia y así como el que somete a los demás a sus propios actos.
Ser o Conocer, ¿hay ahí "realmente" dilema alguno?

-Hoy día no hay ideas morales. Han desaparecido súbitamente, todas, hasta la última. Se podría creer que nunca las ha habido.
-¿No las había en otros tiempos?
-Dejemos ese tema -dijo con un cansancio evidente.
Me sentí conmovido por su amarga seriedad. Ruborizándome por mi egoísmo, me puse a tono con él.
-La época presente -dijo él de una manera espontánea después de unos minutos  de silencio, y mirando siempre al vacío- es la época del justo medio y de la insensibilidad. Pasión de la ignorancia, pereza, incapacidad de obrar, necesidad de que todo esté hecho. Nadie reflexiona ya; muy pocos podrían forjarse una idea.

Fiódor Dostoyevski: El adolescente (1875), Capítulo 3, V.

domingo, 8 de febrero de 2015

SIGMUND FREUD, Más allá del principio de placer. LA INTUICIÓN


Pues bien; si todas las pulsiones orgánicas son conservadoras, adquiridas históricamente y dirigidas a la regresión, al restablecimiento de lo anterior, tendremos que anotar los éxitos del desarrollo orgánico en la cuenta de influjos externos, perturbadores y desviantes. Desde su comienzo mismo, el ser vivo elemental no habría querido cambiar y, de mantenerse idénticas las condiciones, habría repetido siempre el mismo curso de vida. Más todavía: en último análisis, lo que habría dejado su impronta en la evolución de los organismos sería la historia evolutiva de nuestra Tierra y de sus relaciones con el Sol. Las pulsiones orgánicas conservadoras han recogido cada una de estas variaciones impuestas a su curso vital, preservándolas en la repetición; por ello esas fuerzas no pueden sino despertar la engañosa impresión de que aspiran al cambio y al progreso, cuando en verdad se empeñaban meramente por alcanzar una vieja meta a través de viejos y nuevos caminos. Hasta se podría indicar cuál es esta meta final de todo bregar orgánico. Contradiría la naturaleza conservadora de las pulsiones el que la meta de la vida fuera un estado nunca alcanzado antes. Ha de ser más bien un estado antiguo, inicial, que lo vivo abandonó una vez y al que aspira a regresar por todos los rodeos de la evolución. Si nos es lícito admitir como experiencia sin excepciones que todo lo vivo muere, regresa a lo inorgánico, por razones internas, no podemos decir otra cosa que esto: La meta de toda vida es la muerte; y, retrospectivamente: Lo inanimado estuvo ahí antes que lo vivo.

Sigmund Freud: Más allá del principio de placer (1920), 
capítulo V. 

Esta extrañeza es una sensación recurrente, cuando nos encontramos a los viejos pensadores intentando explicar procesos que hoy la ciencia tiene descritos con rigurosa eficacia. Nos sucede con los griegos, pero también con pensadores modernos como Descartes, Spinoza... ¿Sucede así con nuestros contemporáneos? 
Por un lado, es sorprendente cómo aún muchos exponen explicaciones ignorando cuánto está trabajado el campo de la cuestión. Notar esas lagunas entre nuestros contemporáneos tiene algo de indignante (muchos se indignarán conmigo, supongo). Indignarse por el desconocimiento de pensadores anteriores a descubrimientos científicos es ridículo. 
Lo que vengo a decir aquí (y para eso propongo este texto) es que cuando leemos un texto de esta índole, expuesto con mayor o menor convicción, nos encontramos siempre, no ante una explicación de la pretendida realidad, sino a la exposición de un proceso de pensamiento.
Freud era insistente (posiblemente con una implícita ironía de pseudo-modestia) en estas salvedades. Cada dos por tres avisa de lo provisional de sus averiguaciones y queda pendiente de la refutación científica (biologías). En esta obra, precisamente no puede ser más claro: "Lo que sigue es especulación, a menudo de largo vuelo, que cada cual estimará o desdeñará de acuerdo con su posición subjetiva. Es, además, un intento de explotar consecuentemente una idea, por curiosidad de saber adónde lleva" (así comienza el capítulo IV).
En esto también radica la libertad del pensamiento. Ese punto de provisionalidad, ese punto de investigación en el devenir del discurso, ese dejarse llevar por el delirio, ese desvincularse de la fe referencialista en el lenguaje es lo que afianza la aportación del psicoanálisis (tan fructífero en el arte).
En fin, escojo este texto con un objetivo (entiéndase luego la ironía de esto): reconozco aquí un interesante juego de pensamiento. Que se corresponda más o menos fielmente a una pretendida realidad, no me es tan importante. Explica cómo piensa el ser humano, cómo piensa Freud, y cómo pienso yo.
Leo: "Las pulsiones orgánicas conservadoras han recogido cada una de estas variaciones impuestas a su curso vital, preservándolas en la repetición; por ello esas fuerzas no pueden sino despertar la engañosa impresión de que aspiran al cambio y al progreso, cuando en verdad se empeñaban meramente por alcanzar una vieja meta a través de viejos y nuevos caminos".
Por un lado da en la clave de toda esa ilusión teleológica que domina el pensamiento humano (incluso el científico). Lo que antecede a esta frase me resulta poco objetable y, sin embargo, lo que viene después se va derramando en esa misma ilusión teleológica que denuncia. 
Desde mi punto de vista viene por el empuje de un simple significante lingüístico: "Zein", que en la traducción viene sustituido por "meta". Por lo pronto, la traducción ya es poco afortunada, pues una "meta" viene de una constructura sociológica, psicológica, es siempre un objetivo humano. Aplicar eso en la física o en la biología es un psicologismo flagrante. No sé si el término "Zein" se vive en alemán a la altura de nuestra "meta" o se acerca más a "resultado", "fin", "destino", etc. He aquí un caso evidente de peligro traidor en la traducción.
Pero ya se ve que en el caso del pensamiento freudiano aún permanece esa extraña intencionalidad con que reviste los procesos automáticos, las pulsiones y el inconsciente mismo. El insconsciente freudiano, los síntomas, la culpa, los lapsus... tienen algo de objetivo estratégico: funcionan en un sentido de utilidad, de previsión, de espectativa que difícilmente cuadra con algo que ni siquiera habría de considerarse vivo (como él mismo apunta en este párrafo).
En efecto: incluso sin un conocimiento exacto del funcionamiento genético (que aún hoy no tenemos) podemos concluir que la genética no busca adaptarse (¡no hay adaptación en la evolución!, ¿cuándo se va a terminar de comprender eso?), sino que simplemente mantiene estructuras de funcionamiento que han resultado estables. ¿Cómo se llega desde ese conocimiento otra vez de vuelta a una intención y una finalidad? Tarda menos de una frase para caer en el psicologismo: "se empeñaban [trachten]..." Ningún cristal, ningún cloroplasto, ninguna célula busca, anhela ni se en empeña en nada.
Esto pienso yo: ningún ser vivo "se empeña" ni "quiere" seguir vivo (es hasta ahí lo que concedo a la "pulsión de muerte"). No hace lo que hace para seguir vivo (pero tampoco para regresar a lo inerte). Como ser vivo funciona y punto, tal como es (físico como es, biológico como es, psicológico como es, si lo es). Lo otro es un planteamiento que sólo es posible desde la psicología, y habrá que ver qué individuos poseen una psicología suficiente para "querer", para "anticiparse" en un objetivo. Y en la psicología misma, cuánto de teleológico puede ser el inconsciente o la conciencia es digno de estudio, y no tanto presumir intencionalidades por cualquier parte. Por ejemplo: ¿cuánto de pensamiento lingüístico es necesario para elaborar un conocimiento teleológico? y, si no fuera necesario el lenguaje, ¿cuánto de memoria o pensamiento imaginario? ¿Dónde trazar la línea que divide un proceso inerte de otro vivo?, ¿y de un proceso pensante a otro no-pensante?
Así es como leo yo la pulsión de amor y muerte: más como la intuición de unos funcionamientos que como la descripción de unos procesos reales. No me resultan interesantes porque expliquen la realidad, sino porque apuntan a un proceso del pensamiento. Muchos denigran a Freud por la "religión" psicoanalítica a la que dieron lugar aquellos que creyeron a pies juntillas sus explicaciones, cuando sus planteamientos eran así como el elefante tanteado por palos de ciego. Pero, aunque las interpretaciones fueran equívocas, pocas veces ha habido un palo tan certero.  
 

Wenn also alle organischen Triebe konservativ, historisch erworben und auf Regression, Wiederherstellung von Früherem, gerichtet sind, so müssen wir die Erfolge der organischen Entwicklung auf die Rechnung äußerer, störender und ablenkender Einflüsse setzen. Das elementare Lebewesen würde sich von seinem Anfang an nicht haben ändern wollen, hätte unter sich gleichbleibenden Verhältnissen stets nur den nämlichen Lebenslauf wiederholt. Aber im letzten Grunde müßte es die Entwicklungsgeschichte unserer Erde und ihres Verhältnisses zur Sonne sein, die uns in der Entwicklung der Organismen ihren Abdruck hinterlassen hat. Die konservativen organischen Triebe haben jede dieser aufgezwungenen Abänderungen des Lebenslaufes aufgenommen und zur Wiederholung aufbewahrt und müssen so den täuschenden Eindruck von Kräften machen, die nach Veränderung und Fortschritt streben, während sie bloß ein altes Ziel auf alten und neuen Wegen zu erreichen trachten. Auch dieses Endziel alles organischen Strebens ließe sich angeben. Der konservativen Natur der Triebe widerspräche es, wenn das Ziel des Lebens ein noch nie zuvor erreichter Zustand wäre. Es muß vielmehr ein alter, ein Ausgangszustand sein, den das Lebende einmal verlassen hat und zu dem es über alle Umwege der Entwicklung zurückstrebt. Wenn wir es als ausnahmslose Erfahrung annehmen dürfen, daß alles Lebende aus inneren Gründen stirbt, ins Anorganische zurückkehrt, so können wir nur sagen: Das Ziel alles Lebens ist der Tod, und zurückgreifend: Das Leblose war früher da als das Lebende.

Sigmund Freud: Jenseits des Lustprinzips (1920), 
kapitel V.