domingo, 17 de enero de 2010

Muriel Barbery: La elegancia del erizo

No hay nada que comprender. Es triste ver una pluma como la suya malograrse así a fuerza de ceguera. Escribir sobre un tomate páginas y páginas de prosa deslumbrante –pues Pierre Arthens critica como quien narra una historia y ya sólo eso debería haber hecho de él un genio– sin nunca ver ni sostener en la mano dicho tomate es una funesta proeza. Pero ¿se puede ser tan competente y a la vez tan ciego a la presencia de las cosas?, me he preguntado a menudo al verlo pasar delante de mí con su narizota arrogante. Pues se diría que sí. Algunas personas son incapaces de aprehender en aquello que contemplan lo que constituye su esencia, su hálito intrínseco de vida, y dedican su existencia entera a discurrir sobre los hombres como si de autómatas se tratara, y de las cosas como si no tuvieran alma y se resumieran a lo que de ellas puede decirse, al capricho de inspiraciones subjetivas.

Mauriel Barbery: La elegancia del erizo.
“Camelias. 1. Una aristócrata”.

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Mauriel Barbery viene a hacer en este párrafo una elegante disección de la labor de comentario de texto. Nos viene como caída del cielo. En su novela, dos críticas empedernidas hacen comentarios constantes sobre su entorno, sus vecinos, su mundo... En el primer texto, Renée además critica a un crítico, entrando en un interesante juego de espejos que salpica al lector (en definitiva, el último crítico).
Después de analizar los recursos señalados podemos llegar a unas cuantas conclusiones.

  • Sesgo perceptivo: En la mayoría de los casos (aquí le ocurre tanto a Arthens como a Renée, esta narradora), el observador escoge sólo una faceta del objeto, y prescinde de la comprensión del objeto “en sí”. Por supuesto, esa faceta al azar tiende a escorarse hacia la perspectiva que más le interesa al observador. Así, el observador tiende a ver la realidad que le interesa, y no tanto la que verdaderamente es.
  • Proyección propia: Como consecuencia de lo anterior, hemos de concluir que cada cual va haciendo su dibujo personal de la realidad, amoldándola a sus intereses. Es decir, cuando hablamos del mundo hablamos, en realidad, de nosotros mismos. Las cualidades que atribuyo al otro tienen más probabilidades de ser mías que de ser suyas. Aquí, Renée critica que Arthens, con toda su inteligencia, sea capaz de sacarle punta a un tomate y a ella no la vea, sólo ve su etiqueta de portera. En realidad, lo mismo le pasa a ella; Renée se centra en esta incongruencia, pero no se para a comprender quién es realmente Arthens, cuál es su perspectiva y qué es lo que le hace ver o dejar de ver así.
  • Animismo: No es extraño, si el mundo es una proyección de nosotros mismos, que estemos constantemente atribuyéndoles a los objetos cualidades que no poseen, cualidades humanas. Si no podemos diferenciar bien el mundo real de nuestro mundo proyectado, tampoco podemos diferenciar bien objetos y personas, e incluso a unas personas de otras. Los límites no quedan claros. ¿Cómo calibrar así la importancia de las cosas?
  • Las preguntas: Pretender que sabemos algo del mundo es, valga la redundancia, pretencioso. ¿Sabemos que el mundo es así o más bien es así como queremos que sea el mundo? El pensamiento enunciativo es, por tanto, peligroso. El único método certero de percibir la realidad -de una forma racional- es cuestionándola (al menos así se me antoja a mí). En este texto sólo hay una pregunta: ¿cuál es la relación entre inteligencia y percepción? Eso lo trataban los griegos, tiempo ha, y la moderna fenomenología. El niño, que vive en un mundo nuevo, está lleno de preguntas, y es quien de verdad parece comprender el mundo, en su ignorancia. ¿Qué hacemos cuando dejamos de hacer preguntas? ¿Cómo nos movemos en el mundo?

El diario del movimiento del mundo lo dedicaré, pues, al movimiento de la gente, de los cuerpos, o, incluso, si de verdad no hay nada que decir, de las cosas, y a encontrar en ello algo lo bastante estético como para darle valor a mi vida. Gracia, belleza, armonía, intensidad. Si encuentro esas cosas, entonces quizá reconsidere las opciones; si encuentro un movimiento bello de los cuerpos a falta de una idea bella para el espíritu, entonces quizá piense que vale la pena vivir.

Mauriel Barbery: La elegancia del erizo.
“Camelias. Diario del movimiento del mundo nº 1”.

¿Cómo soportar un mundo que constantemente se empeña en ser diferente a como nosotros queremos? Tal vez ahí surjan muchas de nuestras angustias prescindibles.
Metámonos en la mente de un niño ignorante, rodeado de sensaciones que no comprende. Hay un criterio de placer y sufrimiento que le va haciendo ordenar las cosas. La incertidumbre es incómoda, pues el niño no sabe cuál es el sentido de ese placer o dolor. Evidentemente, lo primero que pensaremos es que tenemos que encuadrar lo que sabemos dentro de las coordenadas agradables. El niño va a dibujar un mundo en el que le resulte agradable vivir. Tal vez por eso tanta gente recuerda su infancia como un paraíso de felicidad e inocencia (como si no hubieran existido enfados, berrinches ni miedos).
Pero ese niño, durante años, décadas, siglos, sigue intentando buscar ese sentido agradable para el mundo. Si el mundo no es agradable, no merece la pena vivir; esa parece la filosofía de Paloma. El mundo ha de tener un sentido. Es trágico, irónico, conmovedor si pensamos que todos, con nuestros errores, nuestras violencias, nuestros delitos, en realidad sólo vamos buscando que nuestro mundo sea hermoso, tenga sentido.
Muchas de las tensiones sociales podrían resumirse así. Con mucho esfuerzo construimos un castillo de arena antes de que suba la marea. Con ese castillo demostraremos nuestra idea de belleza. Pero, en mitad de la faena, un “gracioso” viene y nos destroza nuestra paciente obra, con una rápida patada. Nos llenamos de odio y de ira. Pero, ¿y si con su patada ese extraño también intentaba mantener su idea de belleza en el mundo? Tal vez odiemos la búsqueda de una belleza que no comprendemos.
Pero, ¿realmente ha de ser hermoso el mundo tal como pretendemos?

Yo suplico al destino que me dé la oportunidad de ver más allá de mí misma y de conocer a la gente.

Mauriel Barbery: La elegancia del erizo.
“De la gramática. Idea profunda nº 9”.
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