domingo, 20 de enero de 2013

Igor Stravinsky: LA CONSAGRACIÓN DE LA PRIMAVERA


Igor Stravinsky

París, 29 de Mayo de 1913 (pronto se cumplirán cien años): estreno de la primera gran revolución europea del siglo XX. La Belle Époque parisina estaba ya acostumbrada a los atrevimientos de modernistas, impresionistas y cubistas, y aún así, esta obra de Stravinsky fue una auténtica conmoción. Para unos una burla, una tomadura de pelo, un insulto a su bienamada cultura; para otros un valiente paso hacia una nueva era. El resultado, el estreno mismo, el legendario infierno en el que se convirtió el Teatro de los Campos Elíseos aquella noche, la verdadera obra de arte que daría cuenta de en qué posición se estaba situando el ser humano occidental.
Porque una mirada a ese teatro, esa noche, podría avisar lo que vino después: la preciosa Europa arrastrada al convulso mar de la Gran Guerra, de la Revolución Soviética, de la Gran Depresión, del Nazismo, del Fascismo, el Holocausto y la Mecánica Cuántica. Todo el edificio cultural de Occidente culminado por el pesimismo existencialista o el escepticismo posmodernista.
Pudiera parecer que la idea original es un poco perversa: un anillo de sabios contempla cómo una joven virgen se sacrifica danzando hasta la muerte para que renazca una nueva primavera. Pero es una idea poderosamente esencial: quien mire al siglo XX difícilmente puede ver otra cosa, quien mire a Europa tal vez en cualquier época difícilmente puede ver otra cosa, miro hoy día las generaciones y mi propia rutina y la veo bailar a un ritmo convulso hasta no se sabe muy bien qué final o qué nuevo comienzo.
Porque esta música, que parece una descomposición sostenida (como se diría de la naturaleza misma), es poderosamente creativa, sugerente, fértil. Realmente no ha terminado de destruir ningún elemento de la tradición musical anterior. Tampoco diría que los haya fusionado, como tanto se recurre hoy día. Es como si hubiera recogido y aislado los significantes de la música europea de todos los tiempos para edificar un nuevo lenguaje. Y al acabar, no creo que haya sentado base ninguna, sino sólo el recuerdo de algo puro, original, en su estricto sentido. Precisamente, la desvinculación de los significados y la permisión de nuevas estructuras significantes.
¿Es así como late nuestro corazón? ¿Es así como crepita nuestro cerebro? ¿Con esa contención segregan nuestras glándulas o vibran nuestros músculos? ¿Nuestras ideas se mueven así? Nuestros sueños danzan. Y luego al recordar quisiéramos poder contarlo. Creamos culturas. Pero al darle un sentido nos volvemos alejar de esos primeros tiempos. Alcanzar, de nuevo, esos primeros tiempos es lo que las Vanguardias nos volvieron a hacer posible.
Y después de haber escuchado esta música uno se pregunta ¿en qué extraños tiempos aún nos empeñamos en sumergir nuestro momento? Este ser humano, extraño rumiante de ideas y ganado, de espacios y piedras, pasto a su vez de su propia creación.


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