lunes, 16 de julio de 2012

El saber: FRANKENSTEIN de Mary Shelley

..... Pero allí estaban los libros y allí los hombres que más profundamente habían penetrado en ella y que sabían más. Acepté todo lo que afirmaban y me convertí en su discípulo. Quizá parezca extraño que esto sucediese en pleno siglo XVIII, pero mientras seguía la rutina de los cursos en los colegios de Ginebra, adquirí por mi propia cuenta una sólida base en lo que se refería a mis estudios predilectos. Mi padre no peseía un espiritu científico, así que tuve que luchar a solas con mi sed estudiatil de conocimientos y la ceguera de un niño. Bajo la dirección de los nuevos prececptores que había elegido, me lancé con la mayor diligencia a la búsqueda de la piedra filosofal y el elixir de la vida; pero no tardó este último en acaparar todo mi interés. La riqueza era un objetivo inferior; en cambio, ¡qué gloria conseguiría si lograba desterrar la enfermedad del cuerpo humano, y volver al hombre invulnerable a todo, salvo a la muerte violenta!
..... Pero no eran éstos mis únicos proyectos. El poder de convocar espectros y demonios era algo que mis autores preferidos postulaban que era fácil de conseguir, y a ello me apliqué con la mayor ansiedad; y si mis conjuros no lograron su objetivo, atribuí el fracaso más a mi propia inexperiencia y a mis errores que a la falta de habilidad y de veracidad en las teorías de los maestros. Y así estuve un tiempo dedicado al estudio de sistemas superados, mezclando como un inepto mil teorías contradictorias y debatiéndome desesperadamente en un auténtico cenagal de conocimientos heterogéneos, guiado por una ardiente imaginación y un raciocinio infantil, hasta que un accidente cambió de nuevo el curso de mis ideas.

Mary W. Shelley: Frankenstein o el moderno Prometeo;
Capítulo II

Pues sí, a estas alturas del siglo XXI parece mentira que no nos hayamos alejado tanto de esa frontera nebulosa entre el saber científico y la superstición.
Porque la diferencia no está tanto en el contenido de ambos discursos, siempre saberes parciales; sino, creo yo, en la actitud. El científico es, además de un saber, un no-saber; y no suele olvidar esto. La superstición levanta sobre la excusa del no-saber, un saber, y olvida con facilidad su profunda ignorancia. En este sentido, el jovencito Víctor actúa más como un científico, a pesar de que levante su investigación en discursos esotéricos. Porque a fin de cuentas, ¿cómo distingue un niño entre un verdadero saber y un falso saber, cuando sólo tiene acceso a los discursos?
Y nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI ¿tenemos acceso a los hechos? Hace unas semanas dieron por descubierto el bosón de Higgs. ¿Es entonces un hecho? Como lo fue el átomo, el electrón, la energía misma, la masa ¿son hechos? La memoria del agua ¿es un hecho? La desmedida fe o el desmedido escepticismo con que nos entregamos a tales discursos ¿qué dice de nosotros?
Porque no sólo está el mundo físico. Al adentrarnos en la persona, en la palabra, en el discurso, proliferan los fantasmas. Leer es el arte de invocar a los espíritus. El que comenta textos vive "su tiempo dedicado al estudio de sistemas superados, mezclando como un inepto mil teorías contradictorias". ¿Hay otra manera que no sea ésta, debatiéndonos en un "auténtico" cenagal de conocimientos heterogéneos?
Para comprender ese sencillo objeto de lo que somos.
Al monstruoso ser tejido de retales de saber al que pretendemos dar por vivo.

miércoles, 4 de julio de 2012

El fantasma: FRANKENSTEIN de Mary Shelley

.....La noche fue avanzando durante esta charla, e incluso había pasado la hora de las brujas antes de que nos retirásemos a descansar. Cuando apoyé la cabeza sobre la almohada, no me pude dormir, aunque tampoco puedo decir qué pensaba. Mi imaginación, espontáneamente, me poseía y me guiaba, dotando a las sucesivas imágenes que surgían en mi mente de una viveza muy superior a los habituales límites de la ensoñación. Vi (con los ojos cerrados, pero con la aguda visión mental), vi al pálido estudiante de artes impías, de rodillas junto al ser que había ensamblado. Vi al horrendo fantasma de un hombre tendido; y luego, por obra de algún ingenio poderoso, lo vi manifestar signos de vida y agitarse con movimiento torpe y semivital. Debía ser espantoso, pues supremamente espantoso sería el resultado de todo esfuerzo humano por imitar el prodigioso mecanimo del Creador del mundo. El éxito aterraría al propio artista; huiría horrorizado de su propia obra. Confiaría en que, abandonada a sí misma, se apagaría la leve chispa de la vida que había infundido; en que este ser que había recibido tan imperfecta animación se resolvería en materia inerte; y así pudo dormir, en la creencia de que el silencio de la tumba extinguiría para siempre la existencia efímera del horrendo cadáver al que había juzgado cuna de la vida. El estudiante está dormido, pero se despierta; abre los ojos; mira, y descubre al horrible ser junto a la cama; ha apartado las cortinas y le mira con sus ojos amarillentos, acuosos, pero pensativos.
.....Abrí los ojos con terror. La idea se apoderó de tal modo de mi mente que me recorrió un escalofrío de miedo, y quise cambiar la horrible imagen de mi fantasía por realidades de mi alrededor. Todavía las veo: la misma habitación, el parque oscuro, las contraventanas cerradas con la luna filtrándose a través, y la impresión que yo tenía de que el lago cristalino y los blancos Alpes estaban más allá. No pude librarme tan fácilmente de mi espantoso fantasma; seguía presente en mi imaginación. Debía tratar de pensar en otra cosa. Recurrí a mi historia de fantasmas... ¡mi tediosa, desafortunada historia de fantasmas! ¡Oh! ¡Si al menos lograra inventar una que asustase a mi lector como me había asustado yo esa noche!

Mary W. Shelley: Frankenstein o el moderno Prometeo,
"Introducción de la autora para la edición de 1831".

Muñecas rusas de lo real: Lo siento por mis queridos Borges o Cortázar; pero esta joven de 34 años os dio un buen repaso hace ciento ochenta años. Revive en el lector la concepción de un recuerdo en el que ella imagina a un estudiante reviviendo a un ser emulando el acto supremo del Creador. El estudiante despierta, ella despierta, nosotros ya despiertos, pero la criatura sigue allí (aquí).
Después de esto, temo pensar que es posible que la posteridad olvide a Borges, olvide a Cortázar, mientras siga caminando con paso firme la criatura del estudiante creado por Mary Shelly (esto es, nosotros, el futuro lector).

La creación artística: No olvidemos que este fragmento sigue casi inmediatamente a un párrafo que trata sobre el proceso creativo del autor. "La invención, hay que admitirlo humildemente, no consiste en crear del vacío, sino del caos" -dice Mary Shelley-. "La invención consite en esa capacidad de aprehender las posibilidades de un tema; y en poder moldear y formar ideas sugeridas por él". Nosotros diríamos alegremente: ¡la invención es un comentario de texto!
Pero aquí podría oponerse la creación artística a la creación natural. La diferencia entre ellas ¿cuál es? En ambos casos, se parte de una serie de elementos y materiales, más o menos al azar, y se "ensamblan" para formar un objeto nuevo. Un texto es un tejido de textos, cuyos hilos están hechos de textos. Todo objeto es en realidad un "palimpsesto". La diferencia está, parece ser, según nos lo muestra Mary Shelley en la actitud ante el objeto, actitud por parte del creador o por parte del receptor (¿hay diferencia?).
Mientras que en la creación natural, asumimos esta creación con "naturalidad", el objeto creado artificialmente tiene algo de monstruoso. Esto, sin embargo, es absurdo. Tan aterradores son los objetos de la naturaleza, que vemos como monstruos destructores, como naturales asumimos los objetos artificiales, casi prolongación de nuestro ser mismo. Así pues, ¿cuánto de creación es precisamente la "actitud" y no tanto cualquier otro hecho o relación?

La naturaleza del Creador: "Pues supremamente espantoso sería el resultado de todo esfuerzo humano por imitar el prodigioso mecanismo del Creador del mundo". ¿Y no es el Creador un personaje creado también por nuestra ancestralmente cultural imaginación? Porque, al Creador real ¿quién podría conocerlo? Por tanto, es realmente aterrador el fantasma del Creador. Volvemos pues al juego de muñecas rusas, en el que creación natural y artificial se encierran, un mundo creado dentro de otros. ¿Quién es creador de quién, personaje y autor?
¿Sobre quién recae la responsabilidad de lo real? Sobre el personaje autor o el personaje creado ¿quién es quién? Porque todo esto viene arrastrado desde los problemas de autoría del Lazarillo, del Quijote, de Góngora en mis últimos comentarios. Yo, como comentarista, soy responsable de que Mary nos haga responsables de su terror como lectores. El mismo terror que ella se hizo sentir a sí misma. ¿Es que el monstruo no tiene responsabilidad alguna sobre el terror que provoca; es que el monstruo no es, en sí mismo, real?
El mundo es el cadáver de un monstruo, hecho con trozos de otros cadáveres de monstruos, y al que, orgullosos de nuestro poder, queremos insuflar vida, para dar fe de que nosotros mismos, monstruos muertos al fin, estamos vivos.

Soñamos con que la muerte hará desvanecer nuestros sueños. Pero no es así, la muerte es un sueño más, y nuestros sueños, la vida, la muerte, al abrir los ojos, siguen ahí.

¿Pero quién es ese que abre los ojos y qué son realmente esos ojos, y ese abrir, en qué consiste?